Intercambio entre amigos 6
El lunes por la mañana, la biblioteca del Colegio "Senda de Luz" era el refugio perfecto para quienes buscaban escapar del bullicio del patio. Allí, sentados en una mesa apartada, Valeria y Gabriel fingían trabajar en un proyecto sobre la fotosíntesis, aunque sus mentes estaban a kilómetros de distancia, específicamente en los laboratorios de ReMega Technologies.
—Oye, Gabriel —le dijo Valeria sin despegar la vista de su libro—, pásame el borrador, que me equivoqué en el dibujo de la hoja.
Gabriel, que estaba sumido en sus propios pensamientos sobre "estatuas de porcelana", le extendió el objeto sin mirar. En el movimiento, su cuaderno de notas personales resbaló de la mesa, quedando abierto justo a los pies de Valeria.
—¡Espera! —exclamó Gabriel, poniéndose rojo como un tomate—, no lo veas.
Pero ya era tarde. Valeria se había inclinado y sus ojos azules recorrieron rápidamente la página. No había anotaciones sobre plantas. Había un dibujo de una niña de una blancura casi irreal, rodeada de palabras como "limpieza", "nieve" y "perfección". Debajo, en letras grandes, Gabriel había escrito: "ReMega: Paquete de Corrección Estética".
—¿Cuerpo de nieve? —le preguntó Valeria, alzando una ceja y devolviéndole el cuaderno— ¿Eso es lo que quieres, Gabriel? ¿Ser blanco y delicado?
Gabriel guardó el cuaderno en su mochila con movimientos torpes, intentando recuperar la compostura.
—Bueno —le respondió Gabriel en un susurro nervioso—, es que ser trigueño y tosco es aburrido. Todo el tiempo me ensucio y mis pasos suenan como piedras. El anuncio decía que la biología es solo una sugerencia... ¿Y tú qué? No pongas esa cara, que yo también vi lo que dibujaste ayer en el recreo.
—¿Ah, sí? —desafió Valeria— ¿Y qué viste?
—Dibujaste una flecha apuntando a los pantalones de Toñito que decía "Investigar mecanismo" —le soltó Gabriel con una sonrisita triunfante—. Quieres entrar al búnker, ¿verdad? Quieres saber por qué nos asustamos cuando nos ven.
Valeria se quedó en silencio un momento, cruzando sus brazos sobre su vestido de flores. No había sentido de vergüenza, solo una chispa de complicidad que acababa de encenderse entre los dos.
—Es un acertijo, Gabriel —le explicó ella con total seriedad—. Ustedes guardan algo ahí que parece muy valioso, y yo quiero saber qué se siente tener esa urgencia de protegerlo. Además, odio que las faldas se vuelen con el viento. Quiero pantalones de tela gruesa y pasos que pesen.
—Pues parece que tenemos un problema en común —continuó Gabriel, más relajado—: ReMega no acepta "promesas de pago". He estado revisando su sitio y los precios son... bueno, son muchos dulces y muchos domingos ahorrados.
—De eso nada —dijo Valeria, sacando una pequeña libreta donde ya tenía números anotados—. Si esperamos a que nuestros papás nos den el dinero, seremos universitarios antes de entrar a la máquina. Necesitamos capital independiente.
Durante la siguiente semana, el Colegio "Senda de Luz" fue testigo de una transformación económica sin precedentes en el segundo grado.
—Mira, Rosita —le decía Valeria en el recreo, mientras sacaba un set de calcomanías de purpurina y cintas de seda—, tu cuaderno de matemáticas se ve muy gris. Por cinco monedas, puedo darle el "Toque Real". Uso pegamento que huele a fresa y estas cintas que traje de la mercería de mi tía.
—¿Cinco monedas? —preguntó Rosita, dudosa— Es lo de mi merienda.
—Es una inversión en tu imagen —le respondió Valeria con su mejor sonrisa de marketing—. Mañana todas querrán tener el diseño "Valeria Style" y el precio va a subir. Oferta y demanda, Rosita.
Para el final del día, Valeria tenía un fajo de monedas tintineando en su mochila. Había descubierto que las niñas estaban dispuestas a pagar por la exclusividad y los brillitos.
Por otro lado, Gabriel decidió que su "tosquedad" trigueña tenía un valor de mercado.
—Oye, Carlos —le dijo Gabriel a su amigo, que arrastraba una mochila que parecía llena de ladrillos—, te ves cansado. Por tres monedas te llevo la mochila hasta el portón. Y si quieres que recupere tu balón que se quedó trabado en el techo de la bodega, son cinco más por el riesgo de altura.
—¿En serio lo harías? —preguntó Carlos, aliviado.
—Claro —le respondió Gabriel, cargando la mochila con una facilidad que envidiaba por dentro, pero que vendía muy bien por fuera—. Soy el "Escuadrón Pesado". Nada es demasiado grande para mí.
Al terminar la semana, ambos se encontraron de nuevo en su mesa de la biblioteca. Valeria vació su calcetín lleno de monedas y Gabriel puso sobre la mesa un fajo de billetes arrugados y polvorientos.
—Tengo suficiente para la reserva de la cita —dijo Gabriel, limpiándose un poco de sudor de la frente—. Pero aún nos falta para el tratamiento completo.
—No te preocupes —le aseguró Valeria, contando el dinero con la precisión de una contadora profesional—. Mi "Salón de la Elegancia" tiene pedidos para toda la próxima semana. Si seguimos así, en un mes estaremos frente a los espejos de ReMega.
—¿De verdad no te da miedo, Valeria? —preguntó Gabriel, mirando hacia el patio donde los demás niños jugaban sin preocupaciones.
—¿Miedo? —le respondió ella con una mirada pícara— Al contrario, Gabriel. Estoy ansiosa por ver cómo te ves con mis lazos y por fin descubrir qué es lo que tanto esconden ustedes en esos pantalones.
Gabriel soltó una carcajada, imaginando la escena. El pacto estaba sellado: la curiosidad de ella y la estética de él estaban a punto de colisionar en la tecnología de ReMega.
Gemini ha dicho
El viernes por la tarde, cuando el timbre del Colegio "Senda de Luz" anunció el final de las clases, Valeria y Gabriel se reunieron rápidamente cerca de la salida trasera. Ambos vestían sus uniformes escolares; Gabriel llevaba la camisa un poco fuera del pantalón y las rodillas de su pantalón gris tenían rastros de tierra, mientras que Valeria lucía su falda de cuadros y sus coletas perfectamente peinadas, aunque tenía los dedos manchados de la purpurina que había usado para decorar los útiles de sus clientes.
—¿Qué le dijiste a tu mamá? —preguntó Gabriel, ajustándose la mochila que pesaba por todas las monedas que habían recolectado.
—Le dije que el profesor Fredy nos pidió ayuda extra en el club de ciencias para clasificar unas hojas secas —respondió Valeria con total seguridad—. Ella se puso feliz porque cree que seré la mejor de la clase. ¿Y tú?
—Yo dije que me quedaría ayudando al entrenador a guardar los balones y las redes de la cancha —contestó Gabriel—. Como soy el más alto, siempre me lo cree.
Caminaron con paso apresurado hacia la zona empresarial de la ciudad. Al llegar frente al imponente edificio de ReMega Technologies, se quedaron un momento quietos, mirando cómo el sol se reflejaba en los cristales plateados de la torre. Entraron por las puertas automáticas y el aire acondicionado los recibió con un olor a limpieza y a algo nuevo.
En la recepción, una mujer con un traje impecable y una sonrisa amable los observó desde detrás de un escritorio de mármol.
—Bienvenidos a ReMega —dijo ella—. ¿Buscan a alguno de sus padres?
—No —respondió Valeria, dando un paso adelante con firmeza—. Tenemos una cita para el "Intercambio de Esencia Total". Yo soy Valeria y él es Gabriel.
La recepcionista consultó su pantalla, algo sorprendida, pero al ver que la cita estaba confirmada y pagada por adelantado con sus ahorros, les indicó que esperaran. A los pocos minutos, un hombre alto de traje gris, llamado el consultor Aris, salió a recibirlos.
—Pasen por aquí, pequeños —dijo Aris, guiándolos por un pasillo iluminado por luces led tenues—. Es inusual ver a clientes tan jóvenes, pero las reglas de la empresa son claras: si hay consentimiento y el pago está cubierto, la curiosidad es libre.
Llegaron a una sala blanca con dos cápsulas metálicas que parecían sacadas de una película de astronautas. Aris les pidió que dejaran sus mochilas en un rincón. Gabriel puso su mochila llena de billetes arrugados y Valeria dejó su calcetín con monedas sobre una mesa.
—Es muy sencillo —explicó el consultor—. Valeria, entra en la cápsula de la izquierda. Gabriel, en la de la derecha. Solo sentirán un pequeño cosquilleo, como cuando se les duerme un pie.
Ambos niños obedecieron. Valeria entró en su cápsula sintiendo que el metal estaba frío. Gabriel, al entrar en la suya, se dio cuenta de que apenas cabía debido a su altura. Las puertas de cristal se cerraron con un suave siseo.
—Iniciando transferencia —anunció una voz electrónica.
De repente, una luz azul brillante inundó las cápsulas. Valeria y Gabriel sintieron un tirón extraño en el pecho, como si de repente estuvieran flotando y cayendo al mismo tiempo. Fue una sensación rápida, un calor que recorrió sus cuerpos desde la cabeza hasta los pies, y por un segundo todo se volvió blanco.
Cuando la luz se apagó, las puertas se abrieron automáticamente.
La persona que salió de la cápsula de la derecha, donde había entrado Gabriel, se tambaleó un poco. Al mirar hacia abajo, vio que sus manos eran pequeñas y delicadas, y que en lugar de pantalones grises, llevaba una falda de cuadros y calcetines blancos con encaje. Sus manos tocaron las coletas de su cabello rubio.
—¡Funciona! —dijo Gabriel con la voz aguda y suave de Valeria, tocándose la cara con asombro—. ¡Soy pequeñito!
De la cápsula de la izquierda salió una figura mucho más alta. Al dar el primer paso, casi tropieza porque sus piernas eran mucho más largas de lo que recordaba. Miró sus manos trigueñas y toscas, y se dio cuenta de que la camisa del uniforme le quedaba un poco floja de los hombros.
—Cielos... —dijo Valeria con la voz profunda de Gabriel, mirando hacia abajo desde una altura que nunca había tenido—. ¡Mira qué grandes son mis pies!
Ambos se miraron asombrados, viendo sus propios cuerpos frente a ellos, pero habitados por el otro. Gabriel, en el cuerpo de Valeria, se sentía ligero y suave, como una de las muñecas que siempre veía de lejos. Valeria, en el cuerpo de Gabriel, sentía una fuerza nueva en los brazos y el peso de un cuerpo que ya no parecía de juguete.
—Recuerden —dijo el consultor Aris mientras les entregaba sus mochilas—, el efecto es total. Ahora deben irse a casa y actuar con normalidad. Tienen el resto de la tarde para descubrir cómo funciona su nuevo "estuche".
Los dos niños salieron de la empresa caminando de forma extraña. Gabriel intentaba no correr con los pasos cortitos de Valeria, y Valeria trataba de controlar las zancadas de Gabriel. Ninguno de los dos sabía lo que les esperaba al llegar a casa y tener que enfrentar la realidad de sus nuevos cuerpos en la intimidad de sus habitaciones.
El sol comenzaba a ocultarse tras los edificios cuando Gabriel y Valeria salieron de la sede de ReMega. La luz anaranjada hacía que el uniforme de Valeria —ahora ocupado por Gabriel— brillara de una forma casi mágica, mientras que la figura alta de Gabriel —ahora habitada por Valeria— proyectaba una sombra alargada sobre el pavimento.
Se detuvieron en la esquina donde debían separarse para tomar caminos distintos hacia sus casas. El silencio era extraño; se miraban el uno al otro como quien mira un espejo que muestra una realidad distorsionada.
—Oye... Gabriel —dijo Valeria, usando esa voz grave que todavía la hacía dar un pequeño brinco de sorpresa al escucharla—. Recuerda que mi mamá siempre me pide que me quite los zapatos apenas entro. No te olvides, o sospechará que algo raro pasa.
Gabriel, en el cuerpo de la pequeña niña rubia, asintió con entusiasmo, aunque sus movimientos eran un poco bruscos para la delicadeza de su nuevo envase.
—Está bien. Y tú, Valeria... ten cuidado al sentarte. Ese cuerpo es mucho más grande de lo que parece y podrías golpear la mesa o las sillas. Ah, y no te toques mucho el cabello, a mí me pica cuando me despeinan los rizos.
Valeria soltó una carcajada profunda que retumbó en el pecho de Gabriel.
—Tranquilo. Disfruta de la "nieve", Guerrero de Nieve. Nos vemos el lunes... si es que nos reconocemos.
Se despidieron con un gesto de la mano. Gabriel vio cómo su propio cuerpo se alejaba con zancadas largas y seguras, mientras él tenía que dar pasos cortos y rítmicos para mantener el equilibrio con los mocasines de niña.
Gabriel caminó hacia la casa de Valeria siguiendo las indicaciones que habían repasado mil veces. Cada vez que pasaba frente a un escaparate, no podía evitar detenerse un segundo. Se veía tan diferente. Su piel era de un tono pálido y suave, y el roce de la blusa de cuello redondo contra su cuello se sentía mucho más ligero que la tosca camisa de niño.
Al llegar a la residencia de los padres de Valeria, una casa con un jardín impecable y flores de colores, sintió que los nervios le apretaban el estómago. Sacó la llave que Valeria le había dado y, con dedos pequeños y finos que le parecían de juguete, abrió la puerta principal.
—¡Ya llegué! —gritó Gabriel, intentando imitar el tono dulce de su amiga.
—¡Hola, mi vida! —respondió la voz de la mamá de Valeria desde la cocina—. Qué bueno que llegaste, el profesor Fredy llamó para decir que fuiste de mucha ayuda en el club. Ve a cambiarte, la cena estará lista en media hora.
Gabriel sintió un alivio enorme. ¡Había pasado la primera prueba! Caminó por el pasillo, notando cómo sus pasos casi no hacían ruido sobre la alfombra, a diferencia de los pisotones pesados que solía dar. Se sentía increíblemente pequeño; los muebles parecían más altos y el pasillo más largo.
Llegó frente a una puerta blanca decorada con un letrero de madera que decía "Valeria" en letras cursivas rodeadas de flores pintadas. Gabriel se quedó ahí parado un momento, con la mano en el pomo de la puerta. Sabía que, una vez cruzara ese umbral, estaría completamente solo con su nuevo cuerpo.
Era el momento de descubrir, por fin, qué se sentía vivir dentro de esa "estatua de porcelana" que tanto había deseado. Con un suspiro lento, giró la perilla y empujó la puerta para entrar a la habitación.
El pestillo de la puerta hizo un clic casi inaudible, pero para Gabriel sonó como el cierre de una bóveda. Estaba solo. El cuarto de Valeria, bañado en la luz tenue y amarillenta de una lámpara de ángel, era su santuario privado... (continúa lo que sucede en el capitulo 3)


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