Intercambio entre amigos 3

El pestillo de la puerta hizo un clic casi inaudible, pero para Gabriel sonó como el cierre de una bóveda. Estaba solo. El cuarto de Valeria, bañado en la luz tenue y amarillenta de una lámpara de ángel, era su santuario privado. Su corazón no latía de miedo, sino de una expectación que le vibraba en el pecho, un zumbido bajo y emocionante. Se había arriesgado, había pedido el intercambio con todas sus fuerzas, y aquí estaba. La aventura real comenzaba ahora.

Se paró frente al espejo del armario, un espejo alto que le devolvía la imagen completa de una niña de ocho años con los ojos muy abiertos. Con manos que aún le parecían ajenas, pequeñas y con uñas cortadas y limpias, empezó el ritual.


El vestido de lunares fue lo primero. Lo deslizó por los hombros y sintió la tela caer, pesada y caliente, hasta amontonarse a sus pies. Se quedó en su ropa interior: un sostén de entrenador suave y unas braguitas de algodón con un lazo pequeño en el centro.

Miró su reflejo. Las caderas de Valeria eran un poco más anchas que las suyas, dándole una forma suave que él nunca había tenido, aunque el pecho era plano como siempre lo había sido. Sin embargo, llegó el momento. Con un aliento que no se atrevía a soltar, se bajó las braguitas. La prenda cayó y él se quedó inmóvil, mirando.


Se quedó paralizado. Nunca en sus ocho años había visto a una niña sin ropa; en su casa y en el colegio, el pudor era una regla de oro. Su boca se abrió un poco. Había asombro y una fascinación profunda y silenciosa. Donde siempre estuvo su "pajarita", ahora solo había una línea perfecta, una hendidura delicada que se abría en una suave curva. Se inclinó, acercándose al espejo. Era como ver el dibujo de un libro de anatomía, pero vivo, real y suyo.

Gabriel parpadeó, asombrado. Sus ojos azules recorrían su propio reflejo como si estuviera viendo un milagro de la ingeniería divina. Donde antes había algo que sobresalía y que siempre parecía estar en medio, ahora no había nada. Solo una superficie lisa, suave y perfectamente cerrada.

— ¡Vaya! —susurró con su nueva voz de terciopelo—. Es como si... como si me hubieran quitado las piezas que sobran y lo hubieran dejado todo pulido.

Se pasó una mano por la entrepierna. La sensación de su nueva piel era distinta: más fina, más sensible. Notó la pequeña hendidura, el diseño delicado que se escondía entre sus muslos. Le pareció algo increíblemente misterioso y ordenado. No era "tosco" como su cuerpo anterior. Era como comparar un guijarro del río con una perla tallada.

Se giró de lado notando su imagen en el espejo y se tocó la barriguita, que ahora se veía más blanca.

—Guau... —exhaló, y el sonido fue un susurro de puro asombro.

Con una lentitud reverente, llevó su mano derecha hacia allí. La primera sensación fue la piel. No era la piel áspera de sus muslos de niño. Era increíblemente suave, casi aterciopelada. Sus dedos, torpes y exploradores, encontraron el borde de la hendidura. No había nada duro, nada que se pudiera agarrar. Era solo calor y suavidad. Un pliegue de piel que se abría a su tacto.

Le pareció la cosa más ordenada y secreta del mundo. Su cuerpo de niño siempre estaba ahí, colgando, un bulto evidente y a veces incómodo. Esto... esto era interior. Escondido. Un tesoro guardado en una caja.

Una imagen de su clase de religión le vino a la mente, Gabriel recordó las láminas de su libro de religión. Siempre le habían dicho que Dios era el Gran Alfarero.

"Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó".

— Así que así es como hiciste a las niñas por dentro, Señor —pensó con un respeto casi religioso—. Es un diseño muy... secreto.

Se sintió afortunado de poder observar aquel diseño con tanto detalle. 

Después de contemplar con asombro su nuevo cuerpo en el espejo, Gabriel tomó la pequeña prenda interior de Valeria. Era blanca, con un delicado encaje en los bordes y un lazo rosa justo en el centro. Al estirarla con sus manos nuevas, notó que no había "bolsas" ni tela sobrante. Era una prenda diseñada para quedar pegada a la piel.

— Adiós a la "tienda de campaña" —pensó Gabriel con una sonrisa traviesa, recordando cómo se sentía su ropa de niño.

Al subir la prenda por sus piernas, la sensación lo dejó mudo. Donde antes había un espacio ocupado por algo y a veces incómodo que debía vigilar para no golpearse, ahora había un ajuste perfecto y liso.

— Es como... como si me hubieran puesto un guante, pero en todo el cuerpo —murmuró, dándose una palmadita en la entrepierna.

Le asombró lo recogido que se sentía todo. No había nada que se moviera, nada que "estorbara" al cerrar las piernas. Se sentía como una pieza de un rompecabezas que finalmente encajaba en su sitio. En su inocencia, le pareció que este diseño era mucho más "lógico" para alguien que quería estar tranquilo y sentirse seguro.

Se sentó en la cama y se pasó la mano por la tela de algodón suave. Recordó que en el colegio decían que Dios es un Dios de orden.

— Quizás por eso las niñas son más tranquilas —reflexionó Gabriel mientras se ponía el camisón de seda—. Es difícil ser un "guerrero" cuando estás tan bien envuelto y nada se mueve de su lugar. Es como si Dios hubiera hecho a las niñas para que se sientan como un secreto bien guardado.

Le gustó tanto esa sensación de estar "compacto" y protegido que dio un pequeño salto en la cama. No hubo rebotes incómodos, no hubo necesidad de reacomodarse. Todo seguía en su sitio, bajo la suave presión del elástico y el encaje.

— Me gusta mucho más así —susurró para sí mismo, acomodando el camisón sobre sus rodillas—. Es como si antes viviera en una casa demasiado grande y ahora por fin vivo en una que es de mi talla exacta.

Cerró los ojos sintiendo el roce de la seda, convencido de que, aunque la "tienda de campaña" de los niños era buena para correr, este ajuste delicado era el paraíso

Lo que más lo impactó fue la sensación de protección. Recordó todas las veces que se había golpeado "allí" al correr o al caer de la bici. El dolor era agudo y humillante. Aquí, todo estaba guardado, seguro. No había nada que sobresaliera para recibir un golpe. Se sentía completo, pero de una forma diferente, más contenida.

—Me gusta —dijo en voz alta, y la sonrisa que le salió era genuina, de oreja a oreja—. Me gusta estar así.

Se puso el camisón de seda que la madre de Valeria le había dejado. La tela resbaló sobre su piel y el contacto fue una revelación. La seda sobre sus pechos planos y suaves, sobre su vientre redondeado, sobre sus piernas, y entre ellas... era una caricia constante. Se sentía ligero, elegante.


Se metió en la cama, se hundió en el colchón blando y se tapó con la edredón de flores. El olor a lavanda y a perfume de niña lo envolvió. Antes de dormir, con los ojos ya cerrados, pasó una última vez la mano por su entrepierna, sobre la tela del camisón. Sintió el contorno suave y secreto debajo.



Dios había dicho que todo lo que hizo era bueno. Gabriel, por primera vez en su vida, entendía exactamente lo que eso significaba. Esto no era un error ni un castigo. Era un regalo. Y él iba a disfrutarlo.

Pero, ¿cómo crees que había terminado así?... ReMega, por supuesto, tenía algo que ver.

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