¡Ojalá fuera una niña!

«Ah, qué cansado estoy. Siento que ya no puedo más...»

Todos andan a la carrera por lo ocupadas que son estas fechas. Y en medio del frío invernal de finales de diciembre, de ese que te congela hasta los huesos, no pude evitar soltar un quejido.

«Tampoco es como si fuera mi culpa...»

Visitas de fin de año a los clientes para dar los saludos correspondientes. La frustración por las meteduras de pata que cometió a distancia un novato de otro departamento terminó salpicándome a mí. Sinceramente, pienso que no gano nada con que me vengan a gritar, pero por mi puesto no me queda de otra que agachar la cabeza y disculparme. Vaya, el estrés está insoportable. Lisandro Barreto, 31 años. Frecuento el gimnasio, así que tengo bastante confianza en mi musculatura. Además soy alto, por lo que seguro me mandaron a ventas pensando que tenía el perfil perfecto de deportista. Aunque bueno, tampoco es que tenga alguna queja al respecto, así que he seguido en esto.

En la práctica, parece que mi físico funciona para frenar a esos tipos que se ponen altaneros con mujeres o con hombres de aspecto débil. El problema son los sujetos que se valen de su poder para pisotear a hombres corpulentos solo para sentir la satisfacción de imponerse; esos sí que son molestos. De hecho, el imbécil con el que me tocó lidiar hace un momento era exactamente así.

Por si fuera poco, mi novia —a quien conocí hace poco por una aplicación de citas— ha estado tan ocupada con el trabajo que ni siquiera pudimos vernos en Navidad. Quizá por eso está de mal humor y no me responde los mensajes. Aun así, no es que esté desesperado con la vida ni que me odie a mí mismo. Sin embargo, estar exhausto tanto física como mentalmente por la situación actual... es algo que no puedo negar.

Estando en ese estado mental, al ver a una niña de primaria corriendo llena de energía bajo el cielo helado, como si no tuviera una sola preocupación en el mundo... ¿quién podría culparme por murmurar unas palabras para escapar de la realidad?

«...Ah, ojalá fuera una niña pequeña».

Soñar con ser una niña pequeña y adorable a la que miman solo por existir —un niño cuyo único trabajo es aprender y crecer con energía—... si solo es una fantasía, espero me lo perdonen.

«¿Eh? Señor, ¿quiere ser una niña?».

En ese momento, escuché una voz alegre desde atrás. Me di la vuelta sorprendido. Allí estaba una niña pequeña con una mochila roja escolar a la espalda. Sumamente adorable. ¿Estará en los primeros años de primaria? Uf, qué vergüenza que me haya escuchado.

«Mmm... bu-bueno, sí».

Por la vergüenza de que escuchara mis murmullos, le respondí de mala gana para seguirle la corriente. Al oír eso, la niña sonrió de oreja a oreja y levantó los brazos en el lugar.

«¡Sí! Entonces, ¡cambiemos de lugar, señor! ¡Yo seré el señor en tu lugar!».

¿Cambiar de lugar? ¿Ser el señor en mi lugar? ¿Estará jugando a personificar adultos? Bueno, ya que me vio en un momento tan vergonzoso, tal vez debería seguirle el juego. Hablar con niños resulta bastante relajante.

«Qué buena gente eres, vas a cambiar de lugar conmigo. Y a todo esto, ¿cómo le vas a hacer?».

«¡Así!».

En cuanto dijo eso, se quitó la mochila y, de la nada, se levantó el vestido de un tirón y empezó a desvestirse. No es que me haya entrado el pánico, fue mucho más que eso. Intenté detenerla, pero lo que apareció debajo de su vestido me desconcertó tanto que mi mente se quedó en blanco por un segundo. La niña llevaba debajo de la ropa... un traje de baño escolar.

Un traje de baño escolar en pleno invierno... No, eso no es lo peor. Esta es una calle transitada por la que pasa gente común. Estar junto a una niña pequeña en traje de baño en la calle es motivo suficiente para que te lleve la policía sin pensarlo. ¡Espera, viene una mujer caminando desde allá! ¡Ven, se los dije! ¡Qué mal, ¿qué hago?!

«¡Ah, no, esto es...!».

Traté de dar una explicación, pero la mujer pasó de largo a mi lado. Ni siquiera parecía que estuviera disimulando no ver nada. Era como si, literalmente, no nos pudiera ver. Miré a mi alrededor con pánico; había más peatones caminando, pero ninguno voltea a vernos.

«¿Por qué a nadie le importa...?».

«Jeje, ¡mira! ¡La señorita me dijo! Dijo que durante el... ¿rito?, ¡nadie nos va a molestar!».

Dijo la niña con cara de orgullo. Mientras tanto, se llevó las manos a los tirantes e intentó quitarse también el traje de baño. Sin embargo, yo estaba tan abstraído por sus palabras que ni siquiera la detuve; estaba ahogándome en un mar de pensamientos.

¿Una señorita? ¿Quién es? ¿Ella está haciendo algo? ¿Un rito...? ¿Se refiere a esta situación tan incomprensible?

«¡Yo me llamo Celeste!».

«Ah, sí. Pero tu nombre no importa mucho ahora...».

«¡Sí que importa! Porque de ahora en adelante... ¡va a ser el nombre del señor! Es que, verás... ¡a Celeste ya no le gusta ser una niña! Mi mamá me regaña por todo y me dice que me comporte de forma recatada. ¡Pero a mi hermanito no lo regaña! ¡Es superinjusto!».

Celeste se queja agitando los puños con berrinche.

«Por eso, cuando le dije a una señorita que me encontré en el parque que ya no quería ser una niña... ¡me enseñó cómo hacer el... ¿rito?! Me dijo que si encontraba a un chico que quisiera ser una niña y hacíamos el "rito" juntos... ¡ese chico se convertiría en mí, y Celeste podría convertirse en un chico en su lugar!».

Mientras escuchaba su relato, Celeste se quedó completamente en cueros. ¿Acaso no tiene frío? Con cierta culpa desvié la mirada, y en ese instante Celeste me extendió el traje de baño escolar que se acababa de quitar.

«¡Póntelo!».

Me quedé mirando la pequeña prenda en sus manos. Un traje de baño escolar de niña. La idea comenzó a resonar dentro de mí con una claridad asombrosa. Un alivio genuino. Dejaría atrás la oficina, el estrés, las disculpas humillantes, la presión de ser un hombre musculoso que soporta todo. Podría volver a empezar. Podría ser simplemente una niña pequeña, mimada y libre de responsabilidades.

Al verme reflexionar en silencio, Celeste me empujó el traje de baño contra las manos. Sentí la tibieza de la tela recién quitada. Era una decisión absoluta y consciente. De verdad quería esto.

«Dámelo».

Una sonrisa sincera se dibujó en mi rostro. La fascinación por esa vía de escape me llenó de una euforia repentina. ¡Quería ponérmelo! ¡Necesitaba ponérmelo ya mismo! Quería sentir la prenda, dar el primer paso para dejar esta vida de adulto exhausto y transformarme en la pequeña Celeste.

Incapaz de contener la emoción, comencé a quitarme el traje a toda prisa. Desabrochar los botones de la camisa uno a uno me parecía demasiado lento, así que tiré con entusiasmo hasta arrancarlos. Los botones salieron disparados y se esparcieron a mis pies, pero no me importó en absoluto. Me estaba liberando de mi antigua piel.

Tras quedarme desnudo hasta la ropa interior, levanté el traje de baño con ambas manos y tragué saliva con absoluta expectativa. Y con una sonrisa de pura anticipación... pasé las piernas por el traje de baño escolar.

Apretaba de una forma descomunal. Apenas logré meter las piernas por los orificios y me estrechaba los muslos con una presión brutal, pero no me importaba. Jalé los tirantes con ganas y subí la tela hasta el pecho. Estaba tensa al límite, a punto de reventar sobre mis músculos de culturista. Con absoluta determinación y emoción, jalé los tirantes hacia arriba y los pasé por mis hombros.

...Lo... logré poner...

Una satisfacción indescriptible envolvió todo mi cuerpo. El traje de baño escolar me comprime hasta casi rasgarse. Pero incluso esa presión se siente como un adormecimiento placentero y dulce. Así es, este dolor en la entrepierna, seguro que también...

«¡¿Ghh?!» ¡Mis testículos... se aplastaban! Mi pene, apretado fuertemente por la tela... ¡dolía un montón!

«Señor, te duele porque tienes pene, ¿verdad? Entonces, ¡me lo quedo!♪».

Con una risita traviesa, Celeste se acercó y... me apretó con fuerza la entrepierna. Justo en ese instante el dolor de la entrepierna desapareció como si fuera mentira. Sin embargo, al mismo tiempo que el dolor se desvanecía... también desapareció la sensación de mi viejo compañero, con quien había compartido penas y glorias.

«¿Eh... qué...?».

Acaricié mi entrepierna con las manos por encima de la tela azul marina. De arriba abajo, de adelante hacia atrás. El bulto que debía estar allí ya no existía... solo había una colina suave. Al pasar los dedos por encima de esa elevación, noté una ligera hendidura en el centro.

«No puede ser, esto es...».

Me empezó a brotar un sudor frío sin parar. Si el hombre es el relieve hacia afuera, la mujer es la hendidura hacia adentro. Si es así, entonces yo ahora mismo...

«¡Yupi! ¡Qué pene tan grande! ¡Con esto Celeste también es un chico!».

Una voz infantil llena de alegría me hizo reaccionar y levanté la vista. Allí estaba Celeste, de pie con las piernas abiertas. Sostenía «algo» en su entrepierna con ambas manos, apretándolo y soltándolo mientras se reía a carcajadas. Ese «algo» en su entrepierna... era una zona íntima que me resultaba familiar, propia de un hombre adulto. Vello púbico tupido, testículos colgando pesadamente y un pene rojizo y al descubierto. Un elemento que no encajaba en absoluto con la entrepierna de la inocente Celeste. Sin embargo, ella lo manoseaba con verdadera diversión.

En ese momento, una idea cruzó mi mente: «No puede ser...». Abrí la abertura del traje de baño, estiré la tela y eché un vistazo tembloroso a mi propia entrepierna. Lo que había allí era... una entrepierna completamente lisa, sin vello púbico ni pene.

Al meter la mano y tocarme, sentí una textura suave y mullida. Aún incrédulo, moví los dedos y uno de ellos se hundió suavemente dentro de la hendidura cerrada. Una sensación completamente nueva.

«No... ¿no me digas que "esto" del señor... es el de Celeste...?».

«¿Mmm? ¡Sí! ¡Intercambiamos nuestras entrepiernas, señor! ¡Jajaja, aunque eres muy grande, ahora tienes mi entrepierna, así que eres una niña!».

Le pregunté a Celeste, quien jugaba agitando mi antiguo pene de un lado a otro. Ella soltó esa revelación con total naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo.

«¡Celeste ya puede hacer pipí de pie! Jejeje, qué práctico. ¡Ah! En cambio, ahora el señor va a tener que hacer pipí sentado, ¿verdad? ¡Lo siento!♪».

«S-Sí... tener que sentarme va a ser algo nuevo... pero dime, Celeste, ¿entonces este es solo el primer paso del intercambio?».

Con solo los genitales podía decirse que ya era una mujer, dentro tenía un útero y hasta podía embarazarme.

«¡El rito no se terminaba hasta que no cambiáramos todo por completo!».

Cierto... aún no era Celeste. Una niña de primaria.

«¡Parece que de ahora en adelante nos vamos a ir cambiando el pechito, la pancita y un buen de cosas más! ¡El señor se va a ir convirtiendo en Celeste poco a poco, y Celeste se va a ir convirtiendo en el señor! ¡Aja, qué divertido!♪ ¡Hasta me voy a volver una persona grande, qué increíble!♪».

Celeste reía alegremente mientras balanceaba su cuerpo completamente desnudo de un lado a otro. En su entrepierna, mi pene se columpiaba al ritmo de sus movimientos.

«¿Eh...? Como lo estaba tocando, se puso como grande... ¡Celeste está muy emocionada!♪».

Lentamente... mi pene —ahora el de Celeste— comenzó a ponerse erecto.

Lo que era mi orgullo secreto —mis muslos gruesos, potentes y llenos de firmeza— ya no estaba. En su lugar, solo había unas piernas delgadas como ramitas, sin rastro de músculo entrenado y de textura suave y mullida. Eran exactamente iguales... a las de una niña pequeña.

«Mis piernas... están tan blanditas... ¡mi musculatura desapareció! Mis cuadríceps tan bien entrenados... mis isquiotibiales... ¡todo se esfumó...!».

Al mirar a mi alrededor, vi que se me habían salido los calcetines y que mis zapatos de vestir habían salido volando en dirección contraria. Recogí uno para intentar ponérmelo, pero el tamaño ya no coincidía en absoluto. Al mirar detenidamente, todo el pie se había vuelto mucho más pequeño y los dedos se veían redonditos. Eran los pies de Celeste. Terminé de comprender la situación. Mi cuerpo... se estaba convirtiendo en el de Celeste, en el de una niña pequeña.

Me tropecé de repente y al intentar ponerme de pie, me di cuenta de que no me había caído solo por culpa de los zapatos. De la cintura para abajo, la mitad inferior de mi cuerpo se había intercambiado por completo. El trasero grande y abultado por los glúteos mayores era ahora el trasero de una niña, pequeño pero redondito. Mis piernas, que antes lucían una musculatura deslumbrante que combinaba volumen y firmeza, se habían transformado en las piernas ligeras y rectas de una criatura pequeña.

Con semejante cambio, resultaba imposible sostener la masa muscular hipertrofiada que seguía a punto de reventar por encima del traje de baño.

«¡Jejeje, zas!♪ ¡Te atrapé!♪».

Mientras luchaba desesperadamente con la transformación de la mitad inferior de mi cuerpo, el cuerpo de Celeste mostraba un contraste totalmente opuesto al mío: de la cintura para abajo, a la pequeña niña se le habían unido unas piernas y una cadera fornidas y rebosantes de músculos.

Un hombre adulto vistiendo un traje de baño escolar con la mitad inferior del cuerpo transformada en la de una niña, frente a una pequeña desnuda cuya mitad inferior era la de un hombre adulto: una escena propia de una comedia absurda.

«¡El rito casi casi terminará!».

Viendo aquello me pregunté cómo sería ser penetrado por el miembro de una niña... sobre todo considerando que, en el fondo, era el mío.

Mis brazos, antes abultados por los músculos, se fueron transformando en los delgados brazos de una niña pequeña.

—¡Mis... mis bíceps...! —¡Bieeen! ¡Tengo más fuerza que el señor! ¡Los chicos sí que son fuertes, eh!

Se acercó sosteniendo la emoción.

—Quiero hacer a un lado el traje de baño, pero tu barriguita ceñida no me deja.

Me acarició el abdomen musculoso y en cuanto lo hizo se volvió rellenito y abultado. Mi abdomen de tableta de chocolate que había tardado tanto entrenando.

—Con esto creo que ya puedo apartar la tela de la entrepierna. ¡A ver! Ohhh, así que la conchita de Celeste era así por dentro... ¡Qué divertido! 

—¡Au, me da cosquillas y me hace sentir algo raro...!

Celeste me pellizcó el pezón a través del traje de baño y le dio un tironcito. ¡Me da cosquillas y me arde un poco! Y además... ¡aah, mientras me toca el pezón, el pecho se me está encogiendo...! Mis músculos desaparecieron... pero los pezones se me pusieron supersensibles...

—Jajaja, señor, de los hombros para abajo ya te convertiste en mí. ¡Eres pequeñito y tierno!

—Ah... ha... siento una sensación rara en la panza...

—Señor, parece que la estás pasando bien. ¿También le hacías esto a tu novia? ¿Ya estás empezando a entender el placer de las niñas?

¿Novia? A ver... ah, sí, creo que si le mamaba las tetas se ponía feliz... pero después de eso... después... umm, ¡no lo sé! ¿Eh? Siento que se me está mojando la entrepierna... ¡aay! ¿se me habrá salido el pipí? Qué vergüenza hacerme pipí...

—Uuuh, no me mires... es que se me está saliendo el pipí...

—Ooh, ya se mojó. Igualmente te besaré.

Tras el beso me cuesta... respirar... Ah, la cara de Akane está cambiando... ¡se convirtió en mi cara, en la de «Lisandro Barreto»...! ¿Será que yo también...?

—¡Jajaja, los dos cambiamos por completo hasta de cabeza! Ugh, ya casi estoy al límite...

Mi nariz era diferente, mi cerebro procesaba diferente todas mis sensaciones, pero mi conciencia seguía siendo la de un hombre.

Ah... ah... por fin se me está pasando el latido acelerado del corazón... ¿De verdad me habré convertido en Celeste...? Voy a mirarme en el reflejo del vidrio... ¡Aay, de verdad mi cara se volvió la de Celeste...!

Toque, toque. Me empiezo a palpar la cara. ¡No tengo barba, está superlisita...! Ah, cierto, ¿y la entrepierna...?

—¡De verdad no está! ¡Está bien lisito! ¡Mi pene... ya no está!—

Aay... de verdad me convertí en una niña... en Celeste... Cuando miro hacia el señor, trae puesta la ropa de mi antiguo yo... la de Lisandro.

—Celeste, tú también deberías ponerte eso. Ahorita esa es tu ropa, ¿sabes?

Miro hacia donde señala y veo un vestido todo arrugado.

—Bueno, eso es lo último. Recoge eso y dámelo.

Miro a donde apunta el señor y hay un papelito rectangular tirado. Al recogerlo parece que tiene un nombre escrito. Se lo entrego al señor.

—¡Gracias! Esta es mi tarjeta de presentación, dice «Lisandro Barreto». Qué bueno que soy tan inteligente y aprendí a leer rápido.

El señor también me entrega algo y se lo recibo sin pensar. Al fijarme bien, es una credencial escolar dentro de un estuche de goma roja. Dice: 【2.º Grado, Grupo 3 - Celeste Fuentes】 Este... es mi nombre...

—Uff, con esto termina el ritual. Con esto ya quedó completo: yo me convertí en «Lisandro Barreto» y tú te convertiste en «Celeste Fuentes». Qué bueno que pudiste ser una niña, Celeste. Bueno, adiós. Gracias por hacerme un hombre.

Sin más, el señor se fue caminando a toda prisa. Con el frío por llevar solo un traje de baño se me salió... el pipí. La parte de la entrepierna del traje de baño se empieza a mojar y se va haciendo un charquito; era imposible detenerlo, no sabía controlar mis nuevos esfínteres. A diferencia de mis extremidades que eran análogas, ahí abajo era raro; recordé mis intentos por mover las orejas como un amigo lo hacía, simplemente eran músculos que no comprendía.

Un rato después, incluso cuando mi mamá vino a traerme, no paraba de llorar.

—¡Pero qué te pasó! ¡¿Por qué andas vestida así?!

...

—¡Chaooo! ¡Nos vemos!

Me despido de mis amigas y me voy caminando a casa.

Ya pasaron como tres años desde que me convertí en «Celeste Fuentes». Ya no podía regresar, era mi destino.

¡Ya no tengo que hacer esa chamba tan pesada! ¡Y para que vuelva a trabajar todavía falta un montón! Por cierto, ya viví por primera vez las cosas de una vez al mes de una niña. Dolió, pero también me aceleró un poquito el corazón al pensar en mi organismo femenino. Ahí me di cuenta de que de verdad me había convertido en una niña. Hace poco los pechos se me empezaron a abultar un poquito. Ya casi voy a entrar a la secundaria. Para ser sincera, me da un poquito de emoción ponerme el uniforme bonito. Dejar de ser hombre, dejar de ser Lisandro... me alegra haberme convertido en niña.

—O... oye... ¡espera!

En ese momento, oí la voz de un hombre a mis espaldas. Me doy la vuelta extrañada. Quien estaba ahí era un señor que vestía un traje impecable y cargaba un maletín de ejecutivo.

Iba a pensar «¿quién es?», pero... me di cuenta. ¡Si es mi antiguo yo! Pero se veía diferente... traía una gran sonrisa en la cara y los ojos le brillaban.

—¿Qué pasa, señor? —pregunté, curiosa.

—¡Celeste! ¡Adivina qué! —dijo el hombre, dando un pequeño salto de emoción que no cuadraba mucho con su traje. Su voz sonaba grave, pero el tono era totalmente infantil—. ¡El trabajo de adulto es súper divertida! ¡Nadie me regaña por comer dulces antes de la cena!

Me reí por lo bajo.

—¿Ah, sí? ¿Y no te cansas de trabajar tanto?

—¡Para nada! ¡Tengo mucha fuerza! ¡Con esto siento que puedo hacer cosas importantes y no desperdiciar mi tiempo! Y la señorita de la oficina me dio un bono de dinero porque dice que soy muy eficiente. —Sonrió de oreja a oreja—. ¡Podré ir con mi novia a comer a restaurantes caros y gastar como quiera!

—Vaya... parece que te está yendo muy bien.

En mi cabeza pensé en los vestidos que quería ir a probarme con mis amigas, que importaba que no fuera importante para el mundo.

—¡Sí! Y tú... ¡te ves muy bonita, Celeste! ¡Vas a ir a la secundaria! —Me miró con admiración—. ¿Estás feliz de ser una niña?

—Súper feliz —respondí con sinceridad—. Es mucho mejor que ser un adulto estresado.

—¡Qué bueno! —El hombre me dio un abrazo rápido y un poco torpe—. ¡Me alegra que los dos estemos felices! Bueno, me tengo que ir, ¡la señorita me dijo que si terminaba rápido mi reporte podíamos ir por helado! ¡Adiós, Valeria-chan!

—¡Adiós, Lisandro! —me despedí, viéndolo alejarse a toda prisa, casi saltando.

Sonreí para mis adentros. Al final, los dos habíamos encontrado exactamente lo que queríamos. Él, la libertad que nunca tuvo como niña; y yo, la tranquilidad y la dulzura de la infancia que aún no estaba listo por dejar atrás. Era un trato justo.

Sin dudarlo ni un segundo, jalé... el cierre de mi mochila para sacar mi jugo de naranja. Un dulce sabor a felicidad resonó por todo el tranquilo barrio residencial mientras me alejaba, disfrutando de mi vida como niña.

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