intercambio entre amigos 2
El despertador sonó con su “bip bip bip” insoportable. Rosa, con los ojos entrecerrados, se cubrió la cabeza con la almohada.
—Cinco minutos más… —murmuró.
Pero la puerta se abrió de golpe.
—¡Vamos, dormilona! Vas a llegar tarde —dijo Max, su hermano mayor, ya con el uniforme del instituto y una mochila colgando del hombro.
Rosa se incorporó con esfuerzo. Tenía el cabello castaño claro, un poco despeinado, y unas pecas diminutas que salpicaban su nariz y mejillas. Con el pijama de gatitos arrugado, parecía más pequeña de lo que era.
—No quiero ir hoy.
—¿Y por qué no?
—Porque hoy toca educación física, y mi moño no va a sobrevivir.
Max se rió y le despeinó un poco más el cabello.
—Entonces hazte dos trenzas.
—¡No! Las trenzas son de bebé —protestó Rosa, cruzándose de brazos.
Diez minutos después, bajó a desayunar. Rosa iba vestida con su uniforme escolar de niña de primaria. Llevaba su falda azul del uniforme, una blusa blanca, unas calcetas y poco más; con nueve años era muy joven como para usar sostén, lo único de lo que algún atrevido podía cerciorarse era de las shorts de seguridad sobre sus braguitas rosa, y un moño también rosa que casi brillaba con el sol.
-Apúrate -le dijo Max-, tardas mucho peinándote.
Sus padres no se encontrarían por tres días en casa debido a un viaje de negocios, un viaje que surgió de imprevisto, lo que hacía que Max fuera quien estuviese a cargo.
-Es porque tengo el pelo largo, tonto -le respondió Rosa con un tono burlón-, al menos yo me lo peino, no como tú.
-¡Yo si me peino!, lo que pasa es que lo tengo rizado, además así le gusta a las chicas.
-Solo a chicas tontas, como tú. Ya terminé, vámonos.
—¿Y al fina trajiste ese moño? —preguntó Max, sirviéndose cereal.
—Es de la suerte. Me lo regaló Sofía.
En el camino a la escuela, Rosa saltaba sobre las baldosas, intentando no pisar las líneas.
—Si no piso ninguna, hoy saco diez en matemáticas —dijo concentrada.
—Ojalá funcionara así en secundaria —bromeó Max.
Entró Rosa sonriente a la escuela.
Cuando llegaron, Sofía ya la esperaba en la puerta, acompañada de Camila y Valeria.
Sofía era de piel morena clara y cabello negro y largo, que llevaba trenzado con una vincha celeste. Sus ojos oscuros brillaban con energía, y siempre parecía tener algo divertido que decir.
—Obvio —respondió Rosa, girando sobre sí misma para mostrarlo—. ¿Qué tal?
A su lado estaba Camila, un poco más alta, con cabello rizado y corto, color castaño oscuro. Llevaba su mochila colgada de un hombro y sonreía con calma.
—Veremos si ese moño tiene superpoderes —bromeó—. ¿te dará suerte este día?
—Eso espero —dijo Rosa riendo.
Y detrás de ellas estaba Valeria, con su cabello rubio oscuro y lacio, ojos azules soñadores y un flequillo rebelde que intentaba apartar con los dedos, además era bastante interesante mencionar que era más bajita que las demás.
—Yo tengo uno parecido —dijo—, pero el mío es más pequeño. Mi mamá dice que parezco un regalo.
—Entonces hoy somos dos regalos —contestó Rosa.
La maestra Clara las saludó al entrar.
—Buenos días, niños. Hoy haremos un dibujo sobre “mi familia”.
Rosa tomó los crayones con entusiasmo.
—Voy a dibujar a Max lavando los platos.
—¡Oye! —dijo él desde la puerta del aula, pues había ido a dejar su mochila antes de seguir al instituto—. ¡Eso es cosa de mujeres!
Las niñas estallaron en risas.
Más tarde, en el recreo, Rosa y sus amigas compartieron galletas en una esquina del patio.
—Cuando sea grande, voy a tener una tienda de lazos —dijo Rosa.
—Yo voy a ser veterinaria —respondió Camila.
—Y yo cantante —añadió Sofía, riendo.
Cuando el timbre sonó para volver a clase, Rosa suspiró.
—Quisiera que el recreo durara todo el día.
—Eso se llama domingo —dijo la maestra Clara, escuchándola.
Todos rieron, y Rosa se sonrojó.
Esa tarde, cuando Max fue a recogerla, ella corría por el pasillo con la mochila abierta y los crayones saliéndose.
—¡Mira, Max! Me saqué diez en matemáticas. ¡Funcionó lo de las líneas!
—Talvez lo pruebe yo también.
Y con eso, los dos caminaron de vuelta a casa, hablando del moño, del dibujo, de las líneas y de qué cenarían esa noche.
Ese mismo día por la tarde Rosa recordó una invitación. Como sus padres no se encontraban su hermano era quien debía darle permiso.
—¿Puedo ir, Max? ¡Por favor! —dijo Rosa, siguiéndolo por todo el pasillo con sus manos juntas como si rezara.
—No sé, Rosa… —respondió él, revisando su celular—. ¿Quiénes van a estar?
—Sofía, Camila, Valeria… y yo. Solo niñas, lo juro.
Max levantó una ceja, aquello de "solo niñas" le parecía sospechoso.
—¿Y los papás de Sofía saben?
—¡Claro! Su mamá dijo que preparemos nuestras pijamas y que llevemos una linterna.
—¿Una linterna?
—Sí, por si se va la luz o para contar historias de miedo —explicó Rosa, abriendo los brazos con dramatismo.
Max suspiró sospechando mucho de su "hermana". Sin embargo, recordó las reglas establecidas del juego, así que pensó en algo mejor que simplemente intentar sacarle la verdad.
—Bueno, pero tendrás que hacerte cargo tu "sola" del lavado de platos por el resto de la semana.
—¡Siiií! ¡Gracias, Max! —dijo Rosa ignorando la ironía de como dijo "sola" como insinuación a que era cosa de mujeres—. ¡Eres el mejor hermano del mundo!
Rosa corrió a su habitación, revolviendo cajones.
—A ver… pijama de unicornios, o la de nubes… mmm… —se detuvo frente al espejo—. ¡La de nubes combina con mis pantuflas!
Metió todo en una mochila: su cepillo de dientes, una muda extra, un peluche llamado “Don Muffin” y una bolsita de gomitas.
A las seis de la tarde, Max la dejó en casa de Sofía. Desde afuera ya se oían risas y música.
—¡Rooosa! —gritó Sofía al abrir la puerta—. ¡Pensamos que no venías!
—Mi hermano revisó mil veces la mochila —dijo Rosa, rodando los ojos.
En la sala había una montaña de almohadas y mantas. Camila estaba inflando un colchón de aire y Valeria servía palomitas.
—¡Ponte cómoda! —dijo Camila—. Vamos a ver una peli de princesas que da un poquito de miedo.
Rosa hizo como propuso Camila.
—¿Cómo puede ser de princesas y de miedo? —preguntó Rosa.
—Pues… las princesas se convierten en lobas —respondió Sofía, como si fuera lo más lógico del mundo.
Todas soltaron carcajadas.
Durante la película, cada una tenía una manta distinta. Rosa abrazaba a Don Muffin mientras comía palomitas.
—Si yo fuera princesa lobo, solo atacaría a los que no comparten sus dulces —dijo Valeria.
—¡Entonces Rosa no estaría a salvo! —bromeó Camila.
—¡Oye! —protestó Rosa con la boca llena—. ¡Yo compartí las gomitas!
Cuando la peli terminó, Sofía apagó las luces.
—Hora de contar historias de miedo.
—Nooo —dijo Rosa—. Luego no voy a dormir.
—Solo una cortita —pidió Camila.
Sofía encendió la linterna y la puso bajo su cara.
—Dicen que en esta casa… hubo una niña que perdió su moño rosa…
—¡Ese es mío! —interrumpió Rosa entre risas.
—…y que aún vaga por las noches buscándolo —continuó Sofía—, diciendo: “¿Dónde está mi moñooo?”
Todas gritaron y se cubrieron con las mantas, y luego estallaron en carcajadas.
Ya cerca de medianoche, la mamá de Sofía entró con chocolate caliente.
—Niñas, nada de cuentos de miedo, ¿eh? Después no quiero que se levanten por pesadillas.
—No, señora —dijeron todas al unísono, con caritas inocentes.
Cuando apagaron las luces de verdad, Rosa susurró:
—Oigan… gracias por invitarme.
—Gracias por venir —respondió Sofía—. Eres parte del club de las nubes ahora.
—¿Club de las nubes? —preguntó Valeria.
—Sí, porque todas nuestras pijamas son suaves y soñadoras.
—Me gusta —dijo Rosa, abrazando su peluche—. Club de las nubes…
Poco a poco, el cuarto se llenó de respiraciones tranquilas.
Solo la linterna, olvidada sobre la mesa, seguía encendida, iluminando el moño rosa que Rosa había dejado al lado de Don Muffin.
Las luces ya estaban apagadas y las cuatro estaban metidas bajo las mantas, con las linternas encendidas como si fueran velas.
—Bueno —dijo Sofía en voz baja—, ahora sí, toca la parte más importante de la pijamada.
—¿Cuál? —preguntó Rosa, curiosa.
—Los secretos —respondió Camila con una sonrisa misteriosa.
Rosa abrió los ojos como platos.
—¿Secretos? ¿De qué tipo?
—De los que no se cuentan a los hermanos —dijo Valeria, riendo bajito.
Sofía se acomodó y dijo:
—Yo empiezo. Prometen no reírse, ¿eh?
Todas asintieron solemnemente.
—Bueno… me gusta un chico de la otra clase.
—¡¿Quééé?! —gritó Rosa, tapándose la boca enseguida—. Perdón… pero ¿de verdad?
—Sí… se llama Diego. Me prestó su lápiz un día y desde entonces me da nervios mirarlo.
Camila suspiró.
—A mí me pasa algo parecido con Leo. Pero no le he dicho a nadie.
—¿Y qué se siente? —preguntó Rosa, intrigada.
Sofía pensó un momento.
—Como cuando vas a decir algo y no te sale la voz. O cuando ves un helado y no sabes si pedir de chocolate o de fresa.
—O cuando te dicen que hay examen sorpresa —añadió Valeria, y todas se rieron.
Rosa se quedó pensativa.
—Yo creo que no me gusta nadie… pero a veces me pregunto cómo será cuando crezca.
—Tal vez entonces sabrás —dijo Camila, encogiéndose de hombros—. Mi hermana dice que es normal empezar a sentir cosas raras cuando te haces mayor.
—Raras cómo —preguntó Rosa, con tono inocente.
—No sé, como que te da pena hablar con alguien, o te importa más cómo te ves.
—Ah —dijo Rosa, tocándose el moño rosa—. Bueno, eso sí me pasa a veces.
Las cuatro se quedaron en silencio unos segundos, mirando el techo que apenas se veía a la luz de las linternas.
—Es raro crecer, ¿no? —susurró Sofía.
—Un poco —dijo Valeria—, pero al menos tenemos pijamadas.
—Y gomitas —añadió Camila.
—Y moños mágicos —remató Rosa, haciendo reír a todas otra vez.
—Bueno, ahora sí, tema serio: ¿ustedes saben qué es “eso del periodo”? —dijo Sofía.
Rosa frunció el ceño.
—¿El qué?
—El periodo —repitió Camila—. Mi hermana me habló de eso el otro día.
Valeria hizo una mueca.
—Yo escuché que te duele la panza y te salen gotitas de sangre.
Rosa abrió los ojos grandes.
—¿Sangre? ¿De dónde? ¿Te cortas o qué?
Las demás se echaron a reír, pero no de burla, sino de nervios.
—No, no te cortas —dijo Sofía, tratando de explicarse—. Es como… algo que pasa cuando creces.
—Mi mamá me dijo que es parte de que te vuelves más grande —añadió Camila—. Que significa que tu cuerpo ya puede tener bebés, pero que obviamente eso no pasa todavía.
—Ah… —dijo Rosa, pensativa—. Entonces no es una enfermedad.
—No, claro que no —respondió Sofía—. Solo es raro al principio.
Rosa miró el techo de mantas.
—¿Y da miedo?
—Un poco —admitió Valeria—. Pero mi prima dice que después te acostumbras.
—¿Y duele mucho?
—Depende —respondió Camila—. Algunas dicen que sí, otras casi ni lo notan.
Hubo un silencio. Afuera seguía lloviendo.
Rosa abrazó su peluche.
—Pues si a alguna le pasa, prometemos ayudarla, ¿sí?
—Sí —dijeron todas casi al mismo tiempo.
Sofía sonrió.
—Podemos tener un kit secreto del club: con toallitas, chocolate y agua caliente.
—¡Y dibujos lindos! —añadió Valeria.
—Y moños rosas, obvio —dijo Rosa, haciendo reír a todas.
Se quedaron un rato más hablando de lo que habían oído, de lo que no entendían y de cómo cada una se lo imaginaba. Ninguna se sintió rara; al contrario, se sintieron un poco más unidas.
Antes de dormir, Sofía dijo en voz baja:
—Cuando nos pase a alguna, no será tan terrible, porque ya sabremos qué hacer.
Rosa asintió desde su saco de dormir.
—Y porque estaremos juntas.
A media noche Rosa se levantó porque quería ir al baño, mojar sus braguitas en aquella fiesta sería de lo más humillante por lo que se levantó prácticamente de golpe. Sin embargo, aún con las ganas latentes algo le llamó la atención y fue que Sofía y Camila no se encontraban en la habitación.
Procurando no hacer ruido para no despertar a Valeria, su única amiga que aún dormía, Rosa se levantó y se dirigió al baño. Justo antes de entrar notó que estaba alguien adentro,
Esta publicación se actualizará en el futuro con más imagenes, así que esperenlo.


Wow, no esperaba tu regreso, menos esta historia.
ResponderBorrarEsperare la siguiente parte!