Intercambio erroneo en la primaria 4

 Pasada la mitad de mayo, era esa época en la que la temperatura subía de golpe. En el salón de quinto "B", tras un mes y medio del cambio de grado y de grupo, un muchacho —Eita— estaba sentado en su pupitre, mirando fijamente un folleto. Lo que estaba impreso allí era un espeluznante círculo mágico formado por complejos patrones geométricos, junto con un procedimiento bastante sospechoso. Sin duda, no era el tipo de material que te reparten en la escuela. Y con razón: se trataba del ritual para una "magia" auténtica, una que tenía el poder de intercambiar el cuerpo y la mente de dos seres humanos.

  (Esta vez... ¿saldrá bien?) Eita apretó la hoja entre sus manos y cerró los puños con fuerza.

El origen de todo esto se remontaba a un mes atrás. Con el secreto pero intenso deseo de "querer convertirse en chica", Eita había buscado y encontrado un hechizo mágico en las profundidades de Internet. Tenía planeado usar ese poder para intercambiarse con Arisu Saionji, la chica de buena familia a la que todos admiraban. Sin embargo, en pleno ritual, un compañero de clase llamado Masato —que presumía de ser un tipo rudo— irrumpió en el lugar, haciendo que las cosas dieran un giro drástico. Para colmo, provocó un accidente imprevisto en el que las mentes y los cuerpos de Masato y Arisu terminaron intercambiados. Y por si fuera poco, la magia utilizada en ese momento no podía volver a activarse jamás.

Actualmente, Masato, atrapado en el cuerpo de Arisu, vivía agobiado por las clases de ballet y piano, y estaba harto del protocolo y la etiqueta femenina. Por otro lado, Arisu, en el cuerpo de Masato, disfrutaba enormemente de la libertad de ser un chico, libre de las ataduras estrictas de su familia y de las molestias propias de ser mujer, como la regla. Para regresar a esos dos a sus cuerpos originales —y de paso, con la esperanza de poder intercambiarse él mismo con Arisu esta vez—, Eita no había dejado de buscar otra magia con un efecto similar. Y anoche, finalmente, encontró este nuevo hechizo.

(...Pero bueno). Pensándolo bien, si esta magia realmente funcionaba, le parecía un desperdicio. No podía negar su deseo de usarla esta vez para convertirse él mismo en chica. Obviamente, su objetivo era el cuerpo de Arisu. Si este nuevo hechizo también tenía la limitación de usarse una sola vez, dejaría ir la oportunidad de convertirse en ella. La única plegaria de Eita era que esta magia pudiera usarse varias veces, de modo que, tras devolver a Arisu y a Masato a la normalidad, pudiera intercambiarse con Arisu después. Aunque tampoco le molestaría que fuera con otra chica, dudaba encontrar a alguien tan rara que aceptara una propuesta tan sospechosa. Siendo tímido, torpe con las chicas y con muy pocos amigos, Eita tampoco tenía el valor para acercarse a cualquier otra niña a proponérselo de la nada.

(Pero en fin... no me queda de otra). Aun así, la personalidad de Eita no era tan retorcida como para anteponer sus deseos en un momento así. Dejar a esos dos intercambiados le daba demasiada lástima. "Aunque... si lo uso entre Masato y yo, Masato pasaría a mi cuerpo (que sigue siendo de chico) y yo podría quedarme en el de Arisu...", pensaba Eita, atrapado en un ciclo sin fin de dilemas.

—Que tenga un buen día.

Detrás de él, una voz firme acompañada de un dulce aroma cayó sobre Eita. Una chica se había acercado a su lado. Llevaba un vestido con hombros descubiertos, decorado con abundante encaje blanco sobre tela negra, algo bastante vistoso y llamativo para ir a la escuela. Su pecho mostraba un desarrollo impropio de una niña de primaria. Llevaba una boina negra, y entre los mechones de su melena corta y rubia se asomaban unos ojos rasgados y finos que desprendían un encanto misterioso. Se trataba de Megumi, una compañera de su clase.


—B-buenos días... este... 

—Me llamo Megumi.

A Eita no le salió el nombre de inmediato. No era por nerviosismo, sino simplemente porque no relacionaba su rostro con su nombre. A pesar de esa actitud tan descortés, Megumi entrecerró los ojos y le dijo cómo se llamaba. 

(¿Había una chica así en el salón?... Es hermosísima). Que Eita no recordara su nombre no se debía solo a su reducido círculo social. 

Aunque ya había pasado un mes y medio desde el inicio del curso, Megumi se la había pasado enferma e iba a la enfermería en lugar de tomar clases normales. Apenas llevaba un par de días asistiendo con frecuencia al aula. Eita se quedó contemplándola, embobado. Tenía una belleza arrolladora que no envidiaba en nada a la de Arisu. A diferencia de Arisu, que irradiaba una luz pura e inocente, Megumi parecía tener una madurez y un aura misteriosa que la hacían aparentar uno o dos años mayor. 

—Vaya, qué dibujo tan bonito. ¿Qué es... exactamente? 

Ajustándose ligeramente la boina con la mano, Megumi se inclinó para mirar la hoja que Eita tenía en las manos. Sus largas pestañas y el bulto de su pecho quedaron a escasos centímetros de sus ojos y nariz. 


—E-esto es... solo un hechizo... bueno... 

—Vaya. Si vuelve a haber otra oportunidad, me encantaría que me contara más. 

Ante la reacción impulsiva de Eita por esconder la hoja, Megumi no se molestó ni insistió, sino que se retiró en silencio. Solo con eso, ya le parecía infinitamente más adulta. 

—Con su permiso, entonces. —S-sí... Dejando una cálida sonrisa tras de sí, Megumi caminó de regreso a su asiento. Eita contempló su elegante espalda y no pudo apartar la mirada hasta que ella se sentó y se quitó la boina. (Es preciosa... Ay, qué patético soy). Eita se reprendió a sí mismo. Pensó que sentirse atraído por otra persona teniendo a Arisu como su objetivo principal lo convertía en un descarado. (N-no... Pero si a mí no me gusta Arisu, solo quería su cuerpo... Bueno, eso también es terrible, pero no cuenta como infidelidad. O sea, probablemente con Megumi sienta lo mismo...) Eita hilvanaba excusas desesperadas en su cabeza sin vérselas decir a nadie. Solo cuando Megumi se levantó para ir al baño y salió de su vista, pudo recuperar un poco la calma.

—Buenos días, Eita. 

Mientras guardaba la hoja en su mochila y se quedaba pensando en la nada, esta vez lo saludó una cara conocida. Su cabello negro, adornado con una diadema rosa, le llegaba casi hasta la cintura y brillaba suavemente bajo la luz matutina. Llevaba puesto un vestido blanco de mangas abombadas. Hecho de una tela gruesa para no transparentar la ropa interior, era la viva imagen de la pureza y la elegancia. Ella era Arisu... aunque por dentro seguía siendo Masato. Masato, con el rostro de la chica más admirada por todos en el grado, hizo una mueca antes de forzar una sonrisa y saludar de la manera más refinada posible. 

—Buenos días, Arisu. —...Por cierto, no sabía que hablabas con Megumi. 

Tan pronto como Eita le devolvió el saludo, Masato cambió drásticamente su actitud, sacando a relucir su verdadera forma de ser. Murmuró con cautela, mirando a su alrededor. 

Al principio del intercambio, Masato actuaba de forma tosca dentro del cuerpo de Arisu, pero la madre de ella le dio regañinas de varias horas en múltiples ocasiones. Aunque no se dio por vencido, llegó a la conclusión de que en la escuela era más fácil fingir ser la refinada Arisu para no meterse en problemas. Sin embargo, solo frente a Eita y a la verdadera Arisu (quienes sabían la verdad) volvía a comportarse a veces como el chico que era. 

—¿Eh? ¿Por qué lo dices? Es bonita, educada... Me parece una buena chica. Eita no entendía muy bien a qué venía la pregunta de Masato, aunque, pensándolo bien, no sabía casi nada sobre Megumi más allá de la breve charla de recién. 

—Pues sí, pero... En fin, ¿encontraste la nueva magia? 

—Sobre eso... Ah, uy... 

—¡Buenos días, Arisu! A medida que llegaban más alumnos, niños y niñas por igual se acercaban a saludar a Arisu. Al no poder seguir hablando sobre magia, Masato volvió a poner su cara de señorita refinada y se alejó despacio del lugar de Eita.

(Aun así, Megumi... ¿tendrá algo raro?) Más que bonita, Megumi estaba en la categoría de "hermosa". Era tan madura que imponía un poco, pero no había razón para desconfiar de ella. Poco después sonó el timbre y comenzó la clase. Durante todo el día, Eita se la pasó observándola disimuladamente desde su pupitre. Le había llamado la atención desde la mañana: en efecto, ningún otro compañero de clase se había acercado a saludarla. A pesar de que el aula se llenó, alrededor de su asiento parecía haber un espacio invisible y vacío. La propia Megumi sonreía incluso estando sola, pasando casi todo el tiempo leyendo tranquila. Un par de veces algunos compañeros se le acercaron para preguntarle sobre la tarea o los estudios, y ella no fue para nada dominante ni antipática, sino que les respondió de forma muy amable. Sin embargo, la actitud de los demás hacia ella seguía siendo algo tensa y distante. Eita, que recién acababa de cambiar de grupo este año, casi no sabía nada sobre la situación de Megumi.

Después de clases. En la biblioteca vacía. 

—A ver, ¿y bien? Esta mañana ibas a decirme algo —presionó Masato detrás de un estante. 

Por una rara excepción, hoy no tenía clases extracurriculares como Arisu. 

A su lado, Arisu —atrapada en el cuerpo de Masato y vestida descaradamente con una camiseta y pantalones cortos— rebotaba juguetonamente una pelota de goma contra el suelo. 

—¿Crees que podamos regresar a la normalidad? Aunque cuando sea verano me gustaría jugar en la piscina, así que me encantaría que nos volviéramos a intercambiar en ese momento...

—¡Ni hablar! ¡Ya tuve suficiente con la regla!

—Justo por eso, no puedo jugar a gusto, ¿sabes?

Y así se la pasaban.

Así eran siempre. Mientras Masato estaba desesperado por regresar a su cuerpo, Arisu se lo tomaba con mucha calma. Masato tenía tanta frustración acumulada por vivir en un cuerpo de chica que, cada vez que se juntaban, terminaba poniéndose a la defensiva. 

—Calma, calma... Bueno, el punto es que por fin encontré un hechizo que podría regresarnos a la normalidad. 

Eita se metió a toda prisa entre los dos para tranquilizarlos y fue al grano. 

—¡¿En serio?! —S-sí, en serio. Acorralado por la efusividad de Masato, Eita sacó de su mochila la hoja de esa mañana. 

—A ver... así que esto no requiere mirarse a los ojos... 

—Hay que ponerse a diez metros y decir la frase al mismo tiempo... ¿De verdad esto va a funcionar? Arisu y Masato miraron el papel con cara de sospecha. 

—No nos queda más que intentarlo.

Sabía perfectamente que el conjuro y el procedimiento sonaban ridículos, pero la realidad era que Masato y Arisu estaban intercambiados. Para ellos, el hecho de que la magia existiera en plena era científica era una verdad incuestionable. 

En extremos opuestos de la biblioteca, manteniendo la distancia establecida, Masato y Arisu se pusieron frente a frente. 

¿Escuchas los gritos del inframundo, la ilusión que congela hasta la piel...? 

Los dos comenzaron a recitar al unísono un conjuro de lo más siniestro. Con esto, todo debería volver a como debía ser. Llevado por la ansiedad y sus propios deseos insatisfechos... Eita no se dio cuenta de que, de forma inconsciente, él también estaba susurrando la fórmula mágica.

Un chasquido seco, como una descarga eléctrica, resonó en el aire, y un rayo de luz anaranjada cruzó la biblioteca.


Eita sintió una extraña sensación, como si su conciencia vacilara y los contornos de su cuerpo físico se volvieran difusos.

(...Eso fue la magia, lo que significa que...) La magia definitivamente se había activado. Con la vaga esperanza de que hubiera ocurrido otro error y él hubiera terminado intercambiado con Arisu, lo primero que hizo Eita fue revisarse el cuerpo. 

—...¿Eh? ¡No me digas que...! La ropa que llevaba puesta no eran sus pantalones, ni tampoco el vestido blanco de Arisu. Era un vestido negro. Además, en lugar de estar dentro de la biblioteca, se encontraba parado en el pasillo. Sobre los hombros llevaba una mochila negra que no era la suya. Con temor, miró su reflejo en el cristal de la ventana del pasillo. Lo que vio reflejado fue... a Megumi. Era Megumi, con su cabellera rubia coronada por la boina que llevaba por las mañanas. 


—¡M-Megumi...! De verdad... se había convertido en chica... Aunque sintió una punzada de decepción al ver que no era el cuerpo de Arisu, la emoción al ver el vuelo ligero de la falda de su vestido disipó cualquier lamento. 

—¡Eso significa que...! 

Si él ahora era Megumi... No era momento de quedarse saboreando la alegría. Aguantándose la sonrisa tonta que amenazaba con dibujársele en la cara, Eita corrió a tocar a la puerta de la biblioteca. 

—...No me digas que tú... 

Dentro de la biblioteca, Arisu tenía los ojos abiertos de par en par. Por su postura con las piernas abiertas y su forma de hablar tan brusca, era evidente que por dentro seguía siendo Masato. Al fondo, Masato —quien con toda seguridad seguía albergando el alma de Arisu— se cubría la boca con las manos. 

—Vaya... ¿Acaso me he convertido en chico? ¿Usted es... Eita? 

Y entonces... estaba Eita. No había que pensarlo mucho: quien estaba dentro era, sin lugar a dudas, Megumi. Era una realidad extrañísima: contemplar su propio cuerpo desde afuera, como si fuera otra persona. Al mismo tiempo, sentía el suave peso en el pecho y la ligereza en la entrepierna. 

(...¡Por fin... por fin me convertí en chica...! ♡) Eita sonrió para sus adentros. Sin importarle que la boina que Megumi solía llevar a la escuela se le resbalara de la cabeza, cayó rendido ante las maravillosas sensaciones de su nuevo cuerpo.


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