Intercambio entre amigos 3
El pestillo de la puerta hizo un clic casi inaudible, pero para Gabriel sonó como el cierre de una bóveda. Estaba solo. El cuarto de Valeria, bañado en la luz tenue y amarillenta de una lámpara de ángel, era su santuario privado. Su corazón no latía de miedo, sino de una expectación que le vibraba en el pecho, un zumbido bajo y emocionante. Se había arriesgado, había pedido el intercambio con todas sus fuerzas, y aquí estaba. La aventura real comenzaba ahora. Se paró frente al espejo del armario, un espejo alto que le devolvía la imagen completa de una niña de ocho años con los ojos muy abiertos. Con manos que aún le parecían ajenas, pequeñas y con uñas cortadas y limpias, empezó el ritual. El vestido de lunares fue lo primero. Lo deslizó por los hombros y sintió la tela caer, pesada y caliente, hasta amontonarse a sus pies. Se quedó en su ropa interior: un sostén de entrenador suave y unas braguitas de algodón con un lazo pequeño en el centro. Miró su reflejo. Las caderas de Valeria e...