Intercambio entre amigos 5

El sol de la tarde filtraba sus rayos a través de las hojas de los robles en el parque central, creando un mosaico de luces y sombras sobre el banco donde Valeria esperaba a que su mamá terminara de hablar por teléfono. Ella balanceaba sus piernas cortas, tarareando una canción de cuna, perfectamente feliz con sus coletas y su vestido de flores.

Entonces, lo vio. No era basura. Era un objeto que brillaba con un fulgor tornasolado, atrapado entre las raíces de un árbol. Valeria se bajó del banco y lo recogió. Era un folleto de ReMega Industries, pero no parecía papel común; era una lámina de polímero suave al tacto que cambiaba de color según el ángulo de la luz.

En la portada, una silueta dorada de un hombre se fundía con la silueta plateada de una mujer bajo un eslogan escrito en letras elegantes y minimalistas:

"EL MUNDO ES DEMASIADO GRANDE PARA VERLO DESDE UNA SOLA PERSPECTIVA. REESCRÍBETE CON REMEGA."

Valeria abrió el folleto. No había fotos de máquinas aterradoras ni de hospitales fríos. El marketing de ReMega estaba diseñado para evocar lujo, magia y evolución. Había imágenes de personas sonrientes en entornos paradisíacos, con textos que apelaban a la curiosidad más profunda del ser humano:

¿Alguna vez te has preguntado cómo siente el mundo el sexo opuesto?

Experimenta la fuerza que te falta o la delicadeza que nunca tuviste.

Privacidad absoluta. Tecnología de vanguardia. Un nuevo tú te espera.

Valeria pasó el dedo por una ilustración que mostraba a un niño pequeño corriendo con una sombra de una princesa, y a una niña pequeña cuya sombra era la de un gigante . La publicidad de ReMega no vendía una "operación", vendía una "Aventura de Identidad". El lenguaje era tan limpio y aspiracional que hacía que el intercambio pareciera tan sencillo y natural como cambiarse de ropa para una fiesta.

—"Intercambio de Esencia Total"... —leyó Valeria con dificultad, tropezando con las palabras largas—. "Seguro, indoloro y sin huellas".


Valeria siempre había sido feliz siendo Valeria. Le gustaban sus perfumes, sus lazos y la forma en que su mamá le cepillaba el cabello. Pero el folleto hablaba de algo que ella nunca había considerado: el conocimiento.

Recordó a Toñito y a Gabriel en el patio. Recordó la forma en que ellos se adueñaban del espacio, cómo gritaban y cómo guardaban ese "secreto" en el baño con tanto celo. Si el mundo fuera un libro, ella sentía que solo estaba leyendo las páginas de la derecha. ¿Qué había en las páginas de la izquierda?

"Si lo hago", pensó Valeria, con sus ojos azules fijos en el holograma de la empresa, "podré entrar en su búnker. Podré saber por qué se asustan cuando los vemos. Podré sentir si de verdad son tan fuertes como dicen".

El marketing de ReMega era experto en convertir la curiosidad en necesidad.  

Tomó aquel folleto solo por si acaso, lo guardó en su mochila y continuó con sus actividades normales.

Ya en la noche. El cuarto de Valeria era un mundo de colores pastel, se alistaba para bañarse y decidió alistar su mochila.

—Creo que tengo clase de Ciencia mañana, con el profesor Fredy.

Sentada en el borde de su cama empezó a revisar que en su mochila estuviera todo lo necesario cuando volvió a encontrarselo, el catálogo de ReMegaa. La palabra "Intercambio" brillaba bajo la luz de su lámpara de ángel. Sobresaltó un poco al verlo, porque había olvidado por completo que lo tenía, pero justo en ese instante la idea volvió.

—Si ellos pueden ser nosotros, y nosotros podemos ser ellos… —susurró, trazando la línea que separaba las dos siluetas del anuncio.

Se acordó de lo que pasó en el baño del colegio. La imagen de Dennis dándose la vuelta apresuradamente no se le iba de la cabeza. Lo que más le intrigaba no era lo que había visto, sino la reacción. Valeria recordaba los veranos en la piscina con sus primas o las veces que se había cambiado frente a Rosita o Sofía. Entre ellas no había secretos; se veían, se ayudaban con los broches, se bañaban juntas sin que nadie gritara o se cubriera como si hubiera visto un fantasma.

"¿Por qué los niños saltan tanto cuando alguien los mira?", pensó Valeria, frunciendo el ceño. "¿Por qué Dennis hizo ese ruido de susto? Es como si guardaran algo que puede explotar o que es demasiado valioso para que lo vea una niña".

Ese misterio le resultaba fascinante. Su propio cuerpo le parecía tan predecible: liso, suave, siempre igual. Pero el de un niño… el de un niño parecía tener un "mecanismo" diferente. Quería saber qué se sentía tener esa urgencia de protegerse, de llevar algo "por fuera" que ella solo tenía "por dentro".

—Me pregunto si sus pasos pesan más porque tienen esas piezas extra —meditó, mirando sus propias piernas delgadas—. Si yo fuera un niño, no tendría miedo a que se me viera nada debajo de la falda, porque no usaría falda. Usaría esos pantalones de tela gruesa que no dejan que te raspes las rodillas.

Entonces, una idea cruzó su mente como una chispa eléctrica. Miró el folleto de ReMega y pensó en el niño que aceptara el trato. Algún niño, en algún lugar, entraría en su cuerpo de niña.

"¿Qué hará él con mis manos de juguete?", se preguntó con una risita nerviosa. "Se va a sentir muy raro. Sus manos son toscas y grandes, y de repente tendrá mis dedos pequeñitos. ¿Sabrá cómo peinar este flequillo que siempre se cae? ¿O se sentirá tan atrapado en mis faldas como yo me siento atrapada en la delicadeza?".

Imaginó al niño desconocido tratando de sentarse "como princesa" y fallando estrepitosamente. Le pareció divertido pensar que, mientras ella exploraba la fuerza y la libertad de ser un "caballero", él tendría que aprender el lenguaje secreto de los lazos, los perfumes de lavanda y la piel que parece de porcelana.

—Será como si nos prestáramos los juguetes más caros del mundo —concluyó, apretando el papel contra su pecho—. Él se quedará con mi suavidad y yo me quedaré con su secreto.

Valeria se levantó y se puso frente al espejo. Se imaginó a sí misma más alta, con el cabello corto que no necesita ganchos y esa extraña libertad de quien no tiene nada que esconder porque su cuerpo es una fortaleza exterior. La idea de ReMega ya no era solo una curiosidad; era la necesidad de resolver el acertijo más grande que podía haber en la infancia: ¿Qué se siente ser el otro lado de la creación?

La tarde de sábado era perfecta para Gabriel. Estaba desparramado en el sofá, con un tazón de palomitas sobre su vientre y los ojos fijos en la pantalla. Estaban pasando una de esas películas viejas que tanto le gustaban: "It's a Boy Girl Thing". En la escena, los protagonistas —un chico y una chica que se odiaban— acababan de despertar cada uno en el cuerpo del otro tras el hechizo de una estatua azteca.

Gabriel soltó una carcajada cuando el chico, ahora en el cuerpo de la chica, intentaba caminar con torpeza.

—¡Qué tonto! —murmuró Gabriel, sacudiendo sus rizos castaños—. Es solo mover las piernas igual.

Pero, a pesar de la risa, algo en su interior se movió. La película mostraba algo que él jamás había cuestionado: la idea de que tu "yo" pudiera estar en otro "estuche". Justo cuando la película llegó a un corte comercial, la pantalla no mostró los anuncios habituales de juguetes o cereales.

La imagen se volvió nítida, mostrando un fondo blanco infinito y minimalista. Una música suave, como de gotas de agua cayendo en un estanque, llenó la sala. En el centro de la pantalla, apareció el logotipo plateado de ReMega Industries.

Una voz masculina, profunda y reconfortante, comenzó a hablar:

¿Alguna vez has sentido que el mundo es una película que solo ves desde una butaca? ¿Te has preguntado si el césped se siente distinto bajo pies que no son los tuyos?

Aparecieron las siluetas que mencionaba el folleto. Gabriel se incorporó un poco, intrigado.

En ReMega, creemos que la curiosidad es el motor del alma. ¿Quieres enseñar a tus hijos el valor de la responsabilidad? ¿Quieres comprender a tu pareja de verdad? —La voz hizo una pausa dramática mientras las siluetas de los ancianos y los adolescentes se fundían con elegancia—. O quizás... simplemente quieres corregir lo que el azar te dio.

Entonces, el anuncio cambió. Ya no mostraba familias ni parejas. Mostró una superficie de mármol blanco, lisa y perfecta. Una mano de una blancura impecable, casi como si estuviera hecha de luz, acariciaba la superficie.

¿Por qué conformarte con el color de la tierra, cuando puedes conocer la claridad de la nieve? —dijo la voz, como si leyera los pensamientos más íntimos de Gabriel—. Imagina un cuerpo que no sea tosco ni pesado. Un diseño pulido, limpio, donde cada parte encaja con la precisión de un reloj de lujo. Sin ruidos, solo tú en una versión más... perfecta.

Gabriel se quedó paralizado. Pensó en su propia piel trigueña, en el tono café de sus piernas y en cómo en el baño del colegio había deseado ser "blanco como un juguete nuevo". El anuncio de ReMega no hablaba de "niños" o "niñas" de forma sucia o complicada; hablaba de estética. Para Gabriel, ser una niña no significaba otra cosa que ser "delicado y blanco". En su mente infantil, no había diferencia entre lo que él tenía y lo que tendría después, más allá de que el nuevo cuerpo sería como una estatua de porcelana: suave, liso y de un color "limpio".

ReMega: Porque la biología es solo una sugerencia. Atrévete a ser el experimento más hermoso de tu vida.

El anuncio terminó con un número de teléfono y una dirección elegante sobre un fondo turquesa.

Gabriel dejó caer una palomita de su mano. La película volvió, pero él ya no veía a los protagonistas como personajes de comedia. Los veía como posibilidades.

"Si ellos pudieron hacerlo con una estatua vieja", pensó Gabriel, mirando sus manos trigueñas con una nueva sensación de ajenidad, "yo podría hacerlo de verdad. Podría dejar de ser este chico café y grande que siempre se ensucia, y ser algo... brillante. Algo blanco. Como una de esas figuras de los estantes que nadie puede romper".

Gabriel no le quitó la vista a la pantalla, aunque los personajes de la película ya no le parecían tan graciosos. El tazón de palomitas seguía en su regazo, olvidado. La voz del anuncio comercial seguía resonando en su cabeza: "...un diseño pulido, limpio... como una estatua de porcelana".

—Blanco... —susurró, pasándose una mano por el brazo. Su piel trigueña le pareció, de repente, demasiado común—. Si fuera blanco como una nube, todos me mirarían de otra forma. Sería como un tesoro escondido.

Su mente de ocho años comenzó a hilar una fantasía traviesa. Se imaginó despertando en una habitación llena de luz, con sábanas de seda resbalando contra una piel pálida y suave, sin rastro de tierra o raspones de fútbol. Se imaginó caminando hacia el espejo con pasos pequeños y elegantes, sin esas zancadas ruidosas que siempre hacían tropezar a Carlos.

Lo que más le picaba la curiosidad era lo que pasaría al estar frente al espejo sin ropa. Se imaginó a su "yo" en ese nuevo cuerpo blanco, quedándose quieto para explorar el "juguete" nuevo. No sentía vergüenza; era la misma intriga que sentía al ver un coche de colección: quería ver cómo brillaba la pintura.

—¿Cómo se verá mi "amiguito" si fuera de porcelana? —se preguntó con una sonrisa pícara—. Seguro que sería pequeñito y muy blanco, como si lo hubieran metido en un bote de nata.

Se imaginó que, al ser una niña, su "equipo" sería mucho más bonito y limpio, una pieza de nieve perfecta que combinaría con su piel clara. En su cabeza, las niñas simplemente tenían un cuerpo más fino, pero con las mismas partes, solo que "mejor cuidadas" y escondidas bajo telas suaves.

—Sería el secreto mejor guardado de todo el colegio —dijo en voz alta, imaginando cómo sus manos blancas tocarían esa piel de seda en todas partes, maravillado de tener un "equipo de nieve" tan distinto al de los demás niños trigueños. Y lo mejor de todo: vería por fin los ositos de las braguitas de Valeria desde adentro. ¡Jiji!

El anuncio de ReMega había abierto una puerta, y Gabriel estaba decidido a cruzarla. No buscaba entender a las niñas, sino vivir la fantasía de ser la criatura más blanca, lisa y perfecta que jamás hubiera existido, envuelto en el misterio de un cuerpo que, según él, era igual al suyo pero mucho más elegante.

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