Intercambio entre amigos 4
El patio olía a pasto recién cortado y a la mezcla de protector solar y tiza que siempre flotaba en el aire durante el recreo. Rosita se encontraba en cuclillas cerca de la jardinera, con su cabello castaño claro hecho un nido de pájaros y las pecas de su nariz arrugadas por la concentración.
—¡Te lo juro, Sofi! Era una de las holográficas, la de la sirena con purpurina —decía Rosita, removiendo la tierra con un palito.
Sofía se pasó una mano por su largo cabello negro, que brillaba como el ala de un cuervo bajo el sol. Con su piel morena clara perfectamente lisa, parecía una muñeca de porcelana comparada con el caos que era Rosita.
—A lo mejor se la llevó el viento —dijo Sofía con voz suave—. O tal vez Valeria la vio primero. ¡Vale! ¿Viste la estampa de Rosi?
Valeria, que era la más bajita de todas, se acercó dando saltitos. Su cabello rubio oscuro y lacio le bailaba en los hombros, y cada dos segundos se soplaba el flequillo rebelde que le tapaba sus ojos azules.
—No la vi, pero si quieres buscamos tesoros —propuso Valeria con ese aire soñador que siempre tenía—. El flequillo no me deja ver bien, pero mis dedos son buenos encontrando cosas pequeñas.
—¡Yo la busco desde arriba! —exclamó Camila, llegando a zancadas. Era la más alta del grupo y sus rizos castaños oscuros, cortos y apretados, parecían resortes saltarines—. Desde aquí arriba se ve todo mejor.
Rosita suspiró, frustrada. Se miró las manos pequeñas y las rodillas con restos de césped.
—Odio que todo lo mío sea tan difícil de encontrar —refunfuñó Rosita—. A veces quisiera tener... no sé, pasos que dejen huella. Como los de Max.
—¿Tu hermano el de los lentes? —preguntó Camila, balanceándose sobre sus pies.
—Sí, ese —respondió Rosita con un tono de molestia—. Aunque esté todo flacucho y se le vean los frenos cuando se ríe, él no pierde estampitas de sirenas. Él usa esas mochilas pesadas que parecen rocas y no tiene que preocuparse por si un moño se le suelta. A veces me cansa esto de los brillitos y las cosas que se vuelan. Quisiera que mis manos fueran... más toscas, ¿entiendes? Que no se sintieran tan de "juguete".
—Pero si ser pequeña es divertido —dijo Valeria, tratando de apartar su flequillo con un dedo por décima vez en el minuto—. Cabemos en los túneles del tobogán.
—¡Exacto! —añadió Sofía—. Y podemos compartir las meriendas. ¿Alguien quiere una galleta?
De repente, un grito de emoción interrumpió la charla.
—¡LA ENCONTRÉ! —gritó Camila, agachándose rápidamente. Pero al hacerlo, su codo golpeó accidentalmente el hombro de Valeria, quien perdió el equilibrio y terminó sentada sobre un charco de lodo que había dejado el riego de la mañana.
—¡Ay! —exclamó Valeria, mirando su falda ahora manchada—. ¡Mi falda nueva!
—¡Perdón, Vale! —Camila se veía mortificada—. Es que soy muy larga y no calculo mis brazos.
Rosita se acercó a ayudar a Valeria. Al ver el lodo y la torpeza del momento, volvió a pensar en la universidad de Max. Imaginó que allá nadie se caía en charcos por culpa de una estampa de sirena. Seguramente allá usaban pantalones de esos que no se ensucian y hablaban de cosas que no cabían en una cajita de metal.
—No pasa nada, Vale —dijo Rosita, limpiándole la falda con un trozo de papel higiénico que sacó de su bolsillo—. Es solo barro. Algún día seremos tan grandes que los charcos nos parecerán charquitos de nada y nadie nos dirá qué ponernos.
—¡Miren! —Sofía señaló hacia la entrada del comedor—. ¡Abrieron la tiendita de los helados de paleta!
El drama de la estampa y el lodo desapareció en un segundo. Las cuatro niñas se miraron con complicidad.
—¡La última es un huevo frito! —gritó Rosita.
Se lanzó a correr con todas sus fuerzas, sintiendo el viento en su cara despeinada. Por un momento, olvidó que quería tener la fuerza de un chico mayor o la altura de un universitario. En ese instante, solo quería llegar primero que Camila y sus piernas largas, porque en el mundo de los ocho años, una paleta de fresa era el tesoro más importante de la galaxia.
Rosita estaba decidida a demostrar que podía colgarse de las barras metálicas del pasamanos igual que lo haría alguien "grande". Se impulsó con fuerza, olvidando por completo que llevaba una falda.
—¡Mírenme! ¡Soy un murciélago! —gritó Rosita, enganchando las rodillas en la barra y dejándose caer de cabeza.
Al quedar boca abajo, la gravedad hizo de las suyas: su falda de cuadros se deslizó por completo, cubriéndole la cara y dejando a la vista sus mallas blancas y el resorte de su ropa interior. A Rosita no le importó en absoluto; estaba demasiado ocupada sintiendo la sangre subirle a las mejillas por el esfuerzo.
—¡Rosita, se te ve todo! —exclamó Sofía, corriendo a bajarle la tela, aunque ella misma, al agacharse apresuradamente, dejó que su propia falda se levantara por detrás, revelando que uno de sus calcetines se había bajado hasta el talón.
—¡No importa, Sofi! —la voz de Rosita sonaba amortiguada bajo la tela—. ¡Max seguro puede estar así horas sin que nada le tape los ojos! Odio esta ropa de niña, es como una trampa de tela. Si tuviera pantalones de esos duros que usa mi hermano, podría dar vueltas sin parecer una sombrilla.
A unos metros, Valeria y Camila intentaban hacer "la vertical" sobre el césped. Valeria, con su flequillo rubio ahora totalmente alborotado y tapándole los ojos azules, se lanzó hacia adelante con entusiasmo.
Valeria al ser tan bajita, sus movimientos eran rápidos pero descontrolados. Hizo una voltereta que terminó de lado, con las piernas abiertas en un ángulo imposible. Su falda quedó hecha un nudo alrededor de su cintura, mostrando los "shortitos" de algodón que su mamá le ponía debajo "por si acaso". Camila al ser más alta, sus piernas largas eran difíciles de manejar. Intentó imitar a Valeria, pero sus rodillas chocaron y terminó rodando por el suelo. En el proceso, su falda se enganchó con un broche de su propia mochila, estirándose de forma peligrosa y dejando ver sus rodillas raspadas y un poco más arriba.
—¡Ay, mi rodilla! —se quejó Camila, sentándose en el pasto con las piernas estiradas y totalmente despreocupada de que su falda estuviera arrugada casi hasta la cadera.
—Tienes una ramita pegada —dijo Valeria, estirándose para quitársela, sentada también de esa forma descuidada típica de los niños, con las rodillas hacia afuera y la falda olvidada en algún lugar entre sus piernas.
Rosita finalmente se bajó de la barra con un salto, aterrizando de pie y sacudiéndose el cabello castaño claro que ahora parecía una melena de león. Se subió la falda con un tirón brusco, sin importarle mucho que la camisa se le saliera por un costado.
—¿Saben qué? —dijo Rosita, haciendo una mueca de fastidio—. Algún día voy a ser tan fuerte que voy a mandar a todas las faldas del mundo a la basura. Max no tiene que estar bajándose la ropa cada vez que salta un muro. ¡Es injusto!
—Bueno, pero mientras tanto... —dijo Sofía, tratando de arreglarle el cuello a Rosita—. Mi mamá dice que hay que sentarse como "princesas".
—¡Pues las princesas no ganan a las traes! —replicó Rosita con una chispa de travesura en los ojos—. ¡A que no me alcanzan antes de que termine el recreo!
Y así, el grupo de cuatro salió disparado por todo el patio. Las faldas volaban con el viento, se subían, se torcían y se manchaban de pasto, pero para ellas, en ese momento, no eran más que trozos de tela que intentaban, sin éxito, frenar su libertad.
Por otro lado Toñito iba a toda velocidad. Su cabello castaño claro, siempre un poco despeinado, parecía una pequeña nube agitada por el viento, y su piel blanca ya empezaba a mostrar el tono rosado del esfuerzo.
—¡Rápido, que nos ganan el lugar bajo el árbol caído! —gritó Toñito, sin mirar atrás.
A sus talones iba Carlos, cuyo cabello negro y liso apenas se movía con la carrera. Su piel morena clara contrastaba con la camisa del uniforme, que ya traía medio desfajada de un lado. Carlos era el que siempre llevaba la cuenta de los minutos que les quedaban de libertad.
—¡Llevamos ventaja! —respondió Carlos, esquivando a un grupo de niños de primero—. ¡Dennis ya casi llega!
Dennis, a pesar de ser el más bajito del grupo, era como un rayo veloz. Tenía la piel trigueña y el cabello negro oscuro, tan lacio que le caía sobre la frente, pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos amarillos, que brillaban con una intensidad felina cuando estaba emocionado. Corría con los puños cerrados y una energía que parecía no agotarse nunca.
—¡Ya lo veo! ¡El territorio es nuestro! —exclamó Dennis, dando un salto acrobático sobre un charco seco.
Cerrando la marcha estaba Gabriel. A pesar de tener los mismos ocho años que los demás, Gabriel era sorprendentemente alto, lo que le daba una ventaja injusta en las carreras. Su piel trigueña se veía coronada por un cabello castaño oscuro lleno de rizos apretados que saltaban con cada zancada.
Efectivamente, Toñito se detuvo en seco, patinando sobre la tierra. Uno de sus mocasines escolares había salido volando hacia un arbusto. Pero en lugar de preocuparse por la limpieza, Toñito soltó una carcajada, se metió entre las ramas, recuperó el zapato y se lo puso de cualquier forma, sin siquiera amarrar bien los cordones.
—¡No importa! ¡Miren lo que encontré entre las ramas! —Toñito salió del arbusto mostrando una piedra con una forma extraña, llena de vetas brillantes—. ¡Es un colmillo de dinosaurio! O por lo menos una piedra espacial.
Los cuatro se amontonaron alrededor de la mano de Toñito, ignorando que sus rodillas estaban llenas de polvo y sus camisas tenían manchas de césped.
—Es un cuarzo de poder —sentenció Dennis, con sus ojos amarillos fijos en el objeto—. Si lo enterramos en nuestra base, nadie podrá invadirnos.
—Yo la entierro, que mis brazos son más largos para cavar profundo —dijo Gabriel, poniéndose manos a la obra de inmediato en la base del árbol.
Se sentaron en el suelo, sin importarles el orden ni las reglas de la maestra sobre mantener el uniforme impecable. Carlos sacó de su mochila una bolsa de papitas que estaba toda aplastada, pero a nadie le importó.
—Oigan —dijo Carlos mientras masticaba—, ¿vieron que hoy hay partido de fútbol en la cancha principal? Dicen que los de cuarto no nos van a dejar jugar.
—¡Que lo intenten! —desafió Dennis, saltando sobre sus pies—. Somos el Escuadrón de la Tierra. Si no nos dejan jugar, les lanzaremos un hechizo con la piedra de Toñito.
—A mí lo que me gustaría —comentó Toñito, rascándose la cabeza y alborotando más su cabello castaño— es tener un uniforme que no se ensuciara nunca. Mi mamá me va a regañar por esta mancha de lodo, pero es que correr es más importante que estar limpio.
—¡Cierto! —coincidió Gabriel, sacudiéndose los rizos—. Estar limpio es aburrido. Los mejores juegos siempre terminan con tierra en los bolsillos.
De pronto, un balón perdido rodó cerca de ellos. Toñito, con su zapato a medio poner y su energía inagotable, se puso de pie de un salto.
—¡A la carga! —gritó, pateando el balón de vuelta al campo mientras sus tres amigos salían disparados detrás de él, formando una marea de risas, camisas por fuera y pies veloces que solo buscaban aprovechar cada segundo antes de que la campana los obligara a volver a ser "niños ordenados".
El baño de los niños estaba vacío, salvo por el sonido del agua corriendo. Gabriel y Carlos estaban parados frente a los mingitorios, cumpliendo con ese ritual tácito de ver quién terminaba primero.
Gabriel, con su estatura de niño grande y sus rizos castaños saltando sobre su frente, miró hacia abajo y luego hacia su amigo. Su piel trigueña, ese tono oliva cálido, se mantenía uniforme en todo su cuerpo.— ¡Oye, Carlos! —dijo Gabriel con curiosidad—. El mío es como del color de la canela, un poco más oscuro que mi pierna.
Carlos, con su piel morena clara y su cabello negro azabache, asomó la vista. Su propia "cosa" tenía un tono marrón cálido, muy acorde a su herencia.
Gabriel al ser trigueño, su piel allí era de un tono café con leche suave, resaltando contra el blanco de su ropa interior. Al ser el más alto, todo en él parecía un poco más "estirado", como si su cuerpo ya supiera que iba para gigante.
El tono de Carlos era un bronceado más uniforme. Era más pequeño y compacto, pero el color era más intenso, un contraste marcado contra el azulejo blanco del baño.
— El mío es más oscuro que el tuyo, Gabriel —comentó Carlos con una sonrisa de suficiencia—. Mi papá dice que los morenos somos así, más "pintados". El tuyo parece que todavía le falta sol.
Gabriel soltó una carcajada, sacudiendo sus rizos. — ¡Qué va! El mío es color trigueño elegante —bromeó, presumiendo su altura—. Además, mira el tamaño, ¡parece que va a crecer tanto como yo! El tuyo es como un granito de café.
— ¡Un granito de café que corre rápido! —respondió Carlos, subiéndose el cierre con agilidad.
Gabriel se quedó mirando un momento más, con esa curiosidad analítica que solo tienen los niños cuando descubren que el mundo no es de un solo color. Comparó su piel trigueña, que en esa zona se tornaba de un tono café suave, con la blancura impecable de los azulejos del baño del colegio.
—¿Sabes qué, Carlos? —dijo Gabriel, frunciendo un poco el ceño mientras se acomodaba—. Me gustaría que el mío fuera blanco.
Carlos lo miró sin entender, con una mano aún en el cinturón.
—¿Blanco? ¿Como una hoja de papel? —preguntó Carlos, soltando una risita.
—Sí, como la leche o como las nubes —respondió Gabriel muy serio, señalando su "equipo"—. Y las bolitas también. Me gustaría que mis testículos fueran así, bien blancos, como si estuvieran pintados de luz. No sé, me parece que se vería más limpio, como un juguete nuevo que acabas de sacar de la caja.
Carlos se encogió de hombros, asimilando la idea con la lógica simple de sus ocho años.
—Pues el mío es más como el chocolate —dijo Carlos, señalando su piel morena clara—. Pero si el tuyo fuera blanco, parecería una salchicha de esas caras que venden en el súper. ¡Serías el niño con el equipo de nieve!
Gabriel soltó una carcajada, imaginando la escena. —¡El Guerrero de Nieve! —exclamó, haciendo una pose heroica a pesar de tener los pantalones a medio subir—. Sería genial. Pero bueno, por ahora es color canela.
El recreo estaba en su punto más caótico. El aire estaba lleno de gritos, risas y el sonido rítmico de los zapatos golpeando el pavimento. Rosita corría con los pulmones ardiendo, su cabello castaño claro volando en todas direcciones como una melena desordenada. Sus pecas diminutas parecían saltar en sus mejillas mientras gritaba órdenes a sus amigas.
—¡Acorralen a Dennis! ¡Es el más rápido, si lo atrapamos ganamos! —gritó Rosita, haciendo un giro brusco que hizo que su falda escolar se levantara por completo, dejando ver sus mallas blancas de encaje.
A su lado, Estefani, que a sus trece años era mucho más alta y coordinada, lideraba la carga con una sonrisa divertida. Estefani se movía con una gracia que Rosita envidiaba en silencio; sus pasos eran largos y firmes, no como los saltitos que ella tenía que dar para no quedarse atrás.
—¡Por la izquierda, Sofi! —instruyó Estefani, señalando hacia los bebederos.
Sofía, con su largo cabello negro ondeando tras ella como una capa, aumentó la velocidad. Su piel morena clara brillaba por el sudor. Justo detrás, Valeria hacía lo que podía; era la más bajita y sus piernas cortas trabajaban el doble. Se apartaba el flequillo rubio rebelde con un dedo cada tres pasos mientras sus ojos azules soñadores buscaban una apertura.
—¡Cami, salta el banco! —exclamó Valeria.
Camila, aprovechando su estatura y sus rizos oscuros que rebotaban con cada salto, dio un brinco sobre una jardinera. Al caer, su falda se enganchó un segundo, subiéndose casi hasta la cintura y mostrando sus calzoncillos de algodón con dibujos de ositos, pero ella solo se sacudió la tela con un gesto rápido y siguió corriendo.
Toñito, que iba corriendo delante de ellas, se detuvo un segundo y se dio la vuelta, señalándolas con el dedo sucio de tierra.
—¡Ja! ¡Se les vio todo! —gritó Toñito, soltando una carcajada y codeando a Gabriel—. ¡Lindos ositoss Camila!
Gabriel, el más alto, se tapó los ojos con las manos de forma dramática, pero separó los dedos para mirar y reírse, antes de salir corriendo de nuevo.
Las niñas, lejos de avergonzarse, se subieron las faldas con un tirón brusco y siguieron corriendo. Para Rosita, la vergüenza no existía en la guerra; solo existía la meta de atraparlos.
Los niños estaban en serios aprietos. Toñito encabezaba la huida, con su camisa blanca totalmente fuera del pantalón y el cabello castaño aún más despeinado que el de Rosita.
—¡Corran al búnker! ¡No pueden entrar ahí! —chilló Toñito, señalando la puerta del baño de niños.
Gabriel al ser el más alto del grupo, daba zancadas enormes que casi hacían tropezar a Carlos, quien corría concentrado, con su cabello negro pegado a la frente. Dennis, con sus ojos amarillos brillando como los de un gato en plena cacería, vio que las niñas estaban a punto de tocarlos.
—¡Zona segura! ¡Zona segura! —gritó Dennis, derrapando en el piso de cemento.
Los cuatro niños se lanzaron dentro del baño como si sus vidas dependieran de ello. El portazo resonó justo cuando Rosita extendía la mano para tocar la espalda de Toñito.
Dentro del baño, el ambiente era distinto. El eco de las risas de las niñas se escuchaba afuera, pero ellos estaban a salvo.
—Uff, casi nos atrapa la gigantona de Estefani —dijo Carlos, apoyándose en los lavabos y abriendo el agua para refrescarse la cara.
Gabriel se acercó a los mingitorios con la confianza de ser el más grande. —Estefani corre mucho, pero yo soy más alto. Seguro mis pasos son más pesados que los de ella —comentó, mientras se desabrochaba el pantalón con manos torpes y apresuradas.
Toñito y Dennis lo imitaron de inmediato. Mientras orinaban, el desorden no se detenía. Toñito empezó a tratar de apuntar a una pequeña burbuja que flotaba en el agua del mingitorio, mientras Dennis hacía ruidos de motor con la boca.
—¡Miren esto! —dijo Dennis, tratando de hacer un arco con el chorro—. ¡Soy un bombero!
—¡Cuidado, que vas a mojar mis zapatos nuevos! —se quejó Carlos, aunque él también estaba compitiendo por ver quién terminaba primero.
Afuera, las niñas las esperaban en formación de semicírculo. Rosita estaba apoyada en una pared, respirando agitadamente. Se sentía pequeña, muy pequeña, y ver a Estefani ahí parada, tan tranquila y alta, le daba una punzada de algo que no sabía explicar. Miró sus propias manos, con las uñas un poco sucias de tierra, y deseó que tuvieran esa firmeza de alguien que ya no tiene que pedir permiso para cruzar la calle.
—¡Ya salgan, miedosos! —gritó Rosita—. ¡El baño no vale para siempre!
—¡Es un tiempo fuera legal! —respondió Toñito desde la rendija de la puerta.
—¡Las reglas las ponemos nosotras porque Estefani es la capitana! —intervino Valeria, plantándose frente a los niños con las manos en las caderas, su falda toda torcida hacia un lado.
Valeria, siendo la más bajita y curiosa, notó que la puerta no había cerrado bien del todo; había quedado una rendija abierta porque la mochila de Carlos se había atorado un momento antes de entrar.
Valeria se agachó, apartándose el flequillo rubio que siempre le molestaba, y pegó su ojo azul a la rendija. Justo en ese ángulo estaba Dennis.
El niño, al escuchar el golpe en la puerta, se giró bruscamente antes de terminar de subirse el cierre y abrocharse el pantalón. Por un segundo, Valeria vio más de lo que esperaba: Dennis, en su descuido de niño apurado, se había dado la vuelta con los pantalones todavía a media asta, mostrando sus piernas trigueñas y sus calzoncillos, antes de lograr cubrirse con la camisa del uniforme.
Valeria se apartó de la puerta con los ojos muy abiertos y una risita nerviosa tapándole la boca.
—¡Dennis no se subió los pantalones! —susurró Valeria a Rosita y Estefani, entre escandalizada y divertida—. ¡Se le vio los calzoncillos!
Dentro del baño, Dennis debió escuchar el susurro o notar la sombra en la puerta, porque soltó un grito ahogado y se escuchó el sonido frenético de un cierre subiendo a toda velocidad.
—¡Están espiando! —gritó Dennis con voz aguda, mientras Carlos y Gabriel estallaban en risas, burlándose ahora de su amigo por su descuido, olvidando por completo que, hace un minuto, ellos se reían de las faldas de las niñas.
La puerta se mantuvo cerrada, pero ambos bandos sabían que la barrera entre "niños" y "niñas" se había vuelto un poco más delgada y mucho más divertida esa mañana.
En un descuido, los niños salieron disparados como resortes. Gabriel pasó por encima de un pequeño arbusto y Dennis zigzagueó entre las niñas.
—¡Atrápenlos! —rugió Rosita, lanzándose de nuevo a la carrera.
El patio volvió a ser un caos de uniformes desaliñados, rodillas raspadas y faldas que volaban sin control, mientras el sol de la mañana iluminaba su juego.Gemini said
El timbre estridente marcó el final de la libertad. En el Colegio Cristiano "Senda de Luz", el caos del recreo no se desvanecía, se transformaba en una estructura rígida. Los gritos se apagaron gradualmente mientras los 25 alumnos de segundo grado comenzaban a formar frente al salón.
—¡Hasta luego, pequeñas! Pórtense bien —dijo Estefani, dándoles un último guiño protector antes de trotar hacia el pabellón de secundaria. Sin ella, el grupo de ocho años se sentía de repente más pequeño ante la mirada severa de la maestra.
La regla de oro de la institución era clara: "El orden es reflejo del alma". Por eso, la formación no era al azar.
Como dictaba la caballerosidad enseñada en clase, las niñas tenían la prioridad. La fila se organizó estrictamente por estatura, del más bajo al más alto.
Al frente de todo el grupo de niñas estaba Valeria. Con su flequillo rubio todavía un poco sudado y sus ojos azules tratando de recuperar la compostura, era el "pequeño motor" de la fila. Detrás de ella, tras un par de niñas más, se encontraba Rosita. Intentaba mantener la espalda recta, con el cabello castaño claro hecho un desastre de nudos, pero con la barbilla en alto, como si quisiera ganar unos milímetros extra.
—Rosita, tienes la falda llena de pasto —le susurró Sofía, que estaba justo detrás de ella.
Sofía, con su piel morena clara y su largo cabello negro ya perfectamente peinado hacia atrás con las manos, era la imagen de la pulcritud. La fila la cerraba Camila, quien al ser la más alta de todas las niñas, sobresalía por encima de los moños y las coletas, con sus rizos castaños oscuros todavía saltando un poco por la agitación de la carrera.
A un par de metros de distancia, los niños esperaban su turno. Según la doctrina del colegio, los "caballeros" debían esperar con paciencia y respeto a que las damas entraran primero.
Dennis, el más bajito de los varones, encabezaba la fila masculina. Sus ojos amarillos miraban con impaciencia hacia la puerta, y todavía se subía un poco el pantalón, recordando el descuido en el baño y esperando que nadie se hubiera dado cuenta de su apuro. Detrás de él, Carlos intentaba meterse la camisa blanca por dentro del pantalón, fallando estrepitosamente.
—¡Toñito, quédate quieto! —chistó Carlos.
Toñito estaba justo detrás, balanceándose sobre sus talones. Su cabello castaño claro estaba tan despeinado que parecía haber sobrevivido a un tornado, y su piel blanca estaba encendida por el sol. Al final de la fila de niños, como un guardián silencioso, estaba Gabriel. Sus rizos castaños oscuros y su piel trigueña se alzaban por encima de los otros 12 niños de la sección, siendo el punto más alto de toda la formación de 25 estudiantes.
La maestra dio la señal. Las niñas avanzaron en silencio, con las manos entrelazadas al frente o a los costados, intentando disimular los estragos del juego. Rosita pasó por la puerta sintiendo el aire acondicionado del salón, un alivio para sus mejillas pecosas.
Una vez que la última niña (Camila) cruzó el umbral, los niños comenzaron su marcha. Entraron con pasos pesados, tratando de imitar la solemnidad que se les pedía, aunque Dennis casi tropieza con el marco de la puerta y Gabriel tuvo que agachar un poco la cabeza por instinto, a pesar de que la puerta era lo suficientemente alta.
Dentro del salón, el olor a borrador y cera para piso reemplazó el olor a tierra. El "Escuadrón de la Tierra" y las "Exploradoras" volvieron a sus pupitres de madera, sentándose con las manos sobre el escritorio, esperando que la lección comenzara, mientras sus mentes aún seguían corriendo por el patio.
Esa era la rutina diario de Rosa, Sofía, Camila, Valeria, Toñito, Gabriel, Dennis, Carlos y Estefani, algo super normal como se esperaría de niños de esa edad, ignorantes de sus verdaderas diferencias más haya de usar el pelo largo, falda o pantalón y otros roles de género que los adultos les habían dicho que tenían que seguir.

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